18 jul. 2013

El pañuelo

Niña tejiendo, Auguste Renoir

El tío abuelo tenía los párpados abultados y una sonrisa entre alegre y resignada; ella no sabía que trabajaba en la cárcel y que aborrecía su trabajo. La niña, sentada al sol, repasaba con puntadas desiguales, en un trozo de sábana, el contorno de un velero; sobre él un círculo amarillo del que surgían líneas rectas –una larga, otra corta, alternadas– representaba el sol. El tío se acercó, alabó la labor y le pidió que le bordara uno para él, un pañuelo, dijo. Semanas más tarde oyó a su abuela llorar la muerte inesperada del hermano. Mientras todos se afanaban buscando las ropas de luto, sintió que estorbaba, se refugió en el balcón y recordó, de repente, la promesa incumplida. Fue la primera vez. Después se ha ido acostumbrando a esa mala costumbre que tienen los difuntos queridos: marcharse dejándonos siempre una cuenta pendiente, una deuda definitivamente impagada.

Con este texto participé en el Vendaval de micros 2013, organizado por Marina de la Fuente, Pablo Garcinuño, Fernando Vicente y Ana Vidal.

10 comentarios:

  1. Inxs! Duele, por lo cierto.

    Buen soplo al vendaval.

    Abrazos Elisa.

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    1. Gracias, Miguel. Algo de cierto hay, sí.

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  2. Duele ese final, Elisa. Porque es muy cierto.
    Un abrazo.

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    1. Pues sí, Sara, creo que todos lo hemos experimentado más de una vez.

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  3. Que bien descrito ese sentimiento que queda. Una buena propuesta que en su día no llegué a leer.
    Besicos muchos.

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  4. Qué bueno Elisa. Creo que lo leí en su momento y ya lo sentí. Es una punzada, una punzada en forma de recuerdo el que provoca este relato.
    Un abrazo.

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  5. Precioso y muy emotivo para quienes hemos sentido ese pellizco de un adiós sin despedidas. Besos

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    1. Marian, me alegra recibir tu comentario, hace mucho que no sé de ti. Veo que no me has olvidado, yo a ti tampoco.

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