21 abr. 2017

Proyecto Celsius

Ana Vidal, en sus viernes creativos, nos propone celebrar el Día del Libro añadiendo volúmenes al Proyecto Celsius. En resumen se trata de escoger una gran obra de la literatura universal y escribir un microrrelato con la premisa de “extraer lo esencial y volverla a redactar desde la perspectiva de la brevedad”. Yo he osado jibarizar (o microrrelatear) La Regenta, entre otras cosas porque hace poco ha caído en mis manos una curiosa novela de Fernando Quiñones, titulada La visita, que narra un encuentro imaginario entre Clarín y Marcel Proust en el que el primero le cuenta al segundo qué fue de Ana Ozores después de los años.


La heroica ciudad dormía la siesta y se atenuaba el rumor de dimes y diretes que durante toda la mañana habían volado desde el Casino a la Catedral, del palacio de Vegallana a la plaza del Pan, de la Encimada al Espolón: que si la hermosa mujer del Regente de la Audiencia había amanecido en brazos de un don Juan apolillado; que si uno de los canónigos estaba más celoso que el propio marido; que si el viejo cornudo había retado a duelo al seductor; que si este había huido como un gallina tras darle muerte a aquel... 

 A oscuras en su alcoba Anita, aquella niña que leía historias de amor con final feliz, la que vendieron como si fuera una res, la que abandonó el amor divino por el humano, lloraba su soledad. El hombre que creyó su príncipe no había dejado entre sus manos más que el tacto viscoso y frío de un sapo.

16 abr. 2017

Apocalipsis

Flores, romance, libro, de Jean-Baptiste Armand Guillaumin


De entre las maravillas que ofrecía el buhonero francés, eligió Antón de Fente un grueso volumen de tapas de cuero que contenía, según explicó el gabacho con sus erres arrastradas, las profecías que anunciaban el destino de la humanidad y la descripción detallada del fin de los tiempos. Recién llegado de la feria de Monterroso, antes de que Manueliña tuviera tiempo de preguntar qué había mercado a cambio de las dos vacas cachenas, se sentó Antón junto al fuego y pasó la noche leyendo. El amanecer lo sorprendió aún junto al hogar, con el rostro demudado y la cabeza blanca de canas repentinas. No hubo desde entonces romería ni baile que le levantaran el ánimo y ni siquiera la sonrisa desdentada del hijo lo sacaba de la melancolía.

Abría y cerraba Manueliña el libro buscando un remedio para las tristezas de su hombre y, como no viera más que páginas en blanco, acudió a su vecina Martina de Neves, que había sido artista de variedades, para que le enseñase a leer. Era la moza despabilada y pronto leyó de corrido las novelas galantes que guardaba Martina en el baúl de los viajes y aprendió a escribir con la letra inclinada y algo picuda con las que la cupletista había firmado sus contratos en el Kursaal, pero por más que escudriñaba el libro de las profecías, no encontraba en él trazas de signo alguno. Intentando conjurar los males del marido, escribió en la primera página una oración a Santa Brígida, que tenía reputación de milagrera. Como algo mejoró Antón, se fueron sucediendo las copias de jaculatorias y letanías. Acabado el repertorio sagrado, añadió Manueliña la letra de la primera canción que bailó con Antón en la romería de San Bieito, la receta de pulpo a la mugardesa de la fonda de Monterroso, la de rosquillas de huevo, los poemas de amor que un marinero andaluz le había escrito a Martina en hojas de papel rayado y que a Manueliña le ponían los ojos soñadores, la fórmula de un emplasto para curar sabañones y la de una preparación para limpiar el cobre del velón. Así, en tanto que las páginas se cubrían con la caligrafía cada vez más suelta de la muchacha, iba Antón olvidando sus penas y aprendiendo de nuevo a sonreír. Y si alguna vez lo sorprendía Manueliña contemplando cabizbajo las páginas que aún quedaban por completar, le pedía mimosa que andase a las colmenas. Mientras se le ocurría qué otra cosa escribir, freía filloas de harina borona y lo esperaba para enmelarlas juntos.


15 abr. 2017

Hijo de Leví

Procedencia de la imagen

A Primo Levi, en el 30 aniversario de su muerte

Permanecían congelados en su memoria, hoy los hundidos vienen a buscarlo. Sus piernas enflaquecidas avanzan entre la niebla helada. Ya no siente vergüenza, ha vivido para dar testimonio. Y, arrojándose al abismo de 42 años, se suma a la columna que desde Auschwitz marcha hacia el oeste.

8 abr. 2017

Partida de Ogigia

Beckmann, Max, Odysseus and Calypso


En vano compartió con su amante las tiernas palabras del amor, el lecho y las caricias. En vano recorrió los lupanares de la lejana Siracusa para aprender nuevas técnicas amatorias. En vano le ofreció la inmortalidad, pues la peor de las muertes es preferible para él al tedio que lo embarga. Ahora que ha recibido la orden de dejarlo partir, no le resta más que el orgullo de la magnanimidad: le proporciona madera para construir el navío que se lo llevará para siempre, lienzo para las velas, hilo para las jarcias, víveres frescos y espumoso vino. Sólo al verlo alejarse se desata las trenzas, se araña las mejillas, las cubre de ceniza y da rienda suelta a la rabia y al desconsuelo. Cuando el brillo de los primeros rayos de sol se refleja en sus lágrimas, el viajero, alegre, las confunde con las últimas estrellas del amanecer. Mientras tanto, ella advierte que la hermosa isla, sus bosques y fuentes, su cueva acogedora, se desdibujan como una acuarela demasiado aguada. La bella Calipso no es ya protagonista, sino un episodio más en la vida de Ulises, el navegante.

Primer lugar en la Marina de Ficticia, febrero de 2017. En esta ocasión la jurado fue Miriam Chepsy.