8 feb. 2019

Tratado de las armas

Fragmentos de un libro perdido
 


Leonardo da Vinci, Ballesta gigante


Observas admirado 

la forja del alfanje. 

La cabeza que corte 

bien puede ser la tuya. 

... 

Ni el hábil ballestero 

con toda su destreza 

puede rasgar la nube. 

... 

¿Es culpable la espada, 

la mano que la empuña 

o quien aguzó el filo? 

... 

No a la que hiere y mata 

sino a la que libera 

de un tajo la atadura, 

a esa le canto.

23 ene. 2019

La Marina de Ficticia

La Marina de Ficticia, (Lima, Perú, Micrópolis, 2018)



En diciembre hizo diez nueve años que recalé en la Marina de Ficticia. Acababa de finalizar un curso de escritura con el escritor Javier Mije, centrado en el microrrelato, y no sabía qué hacer con aquellos nuevos conocimientos cuando encontré la web de Ficticia, una editorial mexicana en la que, entre otras cosas, se compartían relatos y se realizaba un concurso-taller de minificciones.  Me costó trabajo orientarme en la página y el primer micro que envié no cumplía los requisitos, aunque me valió unas amables palabras del terrible Carlos (Sapo) de Bella, que me animaron a continuar. Otro relato mío, del mismo mes de diciembre, consiguió un segundo lugar compartido en la muestra mensual y esa alegría me animó a quedarme. En aquellos momentos soñaba con aprender lo suficiente para ser tallerista y no tardé en tomar posesión del taller del día 30, para más tarde pasar al del día 1, donde aún sigo. Formé más tarde parte del equipo de coordinación con José Martínez Nuévalos, José Manuel Dorrego e Isabel Segura Boutry  y, finalmente, llegué a ser coordinadora de la Marina durante el año 2018 junto a Mónica Brasca y Lola Díaz-Ambrona. He dedicado mucho tiempo y trabajo al taller, pero nada comparable a lo que Ficticia me ha dado a mí: he aprendido recibiendo los consejos de los talleristas y dando consejos a los participantes, he conocido a gente generosa y entusiasta (todos los ficticianos lo son, pero especialmente el creador de la idea e infatigable difusor de la minificción, Alfonso Pedraza), he ganado un buen puñado de amigos y he visto mis relatos publicados en un par de preciosos libros: 100 Fictimínimos: microrrelatario de Ficticia y el recientemente publicado por la Editorial Metrópolis, La marina de Ficticia, cuya portada encabeza esta entrada.

La marina de Ficticia es una iniciativa de José Manuel Ortiz Soto, cirujano pediatra y escritor, que reúne textos de los actuales talleristas de la Marina de Ficticia y de algunos ilustres jurados de los muchos que han pasado a lo largo de los quince años del taller. Cada uno ha participado con tres relatos que dan una variada muestra de temas, procedimientos y estilos. Hoy he encontrado una estupenda reseña publicada en Facebook por el doctor José Espinosa-Jácome. Merece la pena leerla entera (mejor si se tiene la antología al lado, cosa difícil en España, puesto que se trata de una edición peruana), pero no no puedo evitar reproducir las palabras que me ha dedicado a mí y a Cicatrices, uno de los tres textos que yo he presentado.

Tal vez la autora más representativa en esta antología sea Elisa de Armas (Sevilla), junto a Jorge Oropeza –debido al uso de la mayoría de los elementos citados–; su estilo pulcro domina recreando hipertextos: Caperucita, El caballero de la triste figura, etc.. En “Cicatrices” (p. 34) lleva la narración desde la infancia a la edad adulta, como lo hace Mónica Brasca a propósito de “Trapos sucios’, inclusive coincidiendo con la historia de abuso. Con un estilo muy personal es fácil reconocerla. Logra con maestría la brevedad, los encabezamientos –con frecuencia en una diglosia entre el latín y el castellano–, la sorpresa y la transtextualidad.
Termino esta entrada dando las gracias a todos los ficticianos por su compañía durante esta década, a Manolo Ortiz Soto por el empeño que puso en sacar adelante el libro, a Beto Benza y la editorial Micrópolis por publicarlo y al doctor Espinosa-Jácome por sus palabras. Como dice mi amiga Mónica Brasca, nunca me quito la camiseta de ficticiana, es un orgullo lucirla.

27 oct. 2018

Efebo



Como una vendedora de manzanas, ofreces la tersura rosada en las mejillas, el jugo de tu boca y sus secretos, la firmeza de carne en plenitud. El gozo de morderte tiene precio y el único veneno es tu sonrisa.

18 oct. 2018

La pérdida

Fotografía de Vivian Maier

Julia se acomoda en su asiento. Frente a ella duerme una pareja madura. La cabeza de la mujer traquetea abandonada en el hombro de su compañero. Julia, con disimulo, los contempla. Después de tres matrimonios, ninguno duradero, sabe que no está hecha para compartir una vida; sí momentos, intensos tal vez, pero pasajeros. Se conoce y se acepta, pero a veces siente envidia de quienes son capaces de recorrer juntos su camino. Abre un libro. Se concentra en la lectura hasta que una sacudida del vagón la hace levantar la vista. Sus vecinos también la han advertido: ella se agita en sueños y él, sin despertarse, con la precisión que da la costumbre, le pasa el brazo detrás de los hombros y la estrecha contra sí. A través de la ventanilla la luz vespertina baña de placidez sus rostros.

El tren comienza a desacelerar. La mujer abre los ojos. Su expresión se tiñe de sorpresa e, inmediatamente, de azoro.

−Disculpe, por favor… es que…

−Nada que disculpar, señora −responde él, sobresaltado−. Espere, le bajo la maleta.

Julia la ve salir, sonrojada, nerviosa, recién expulsada del paraíso. Después mira al hombre un instante, lo justo para ver cómo lo estremece una desolación infinita.

Este relato, inspirado en la fotografía de la norteamericana Vivian Maier, ha sido seleccionado para formar parte del libro recopilatorio de ENTC 2018. 😊😊 

22 ago. 2018

Fosa común

Cementerio en Berlín


Aquí yacen una niña tímida, una adolescente confusa, una joven irresponsable, una mujer segura de sí misma y una anciana desmemoriada que compartieron algunos recuerdos.

2 jul. 2018

Román Martín Rueda

Cementerio de Luengo de Sayago

Román Martín Rueda


1907-1936


Desde que le mataron al marido, la Emilia empezó a acercarse a la iglesia. Al principio furtivamente, casi a escondidas, como si guardase más lealtad a las ideas del muerto que al cariño indudable que aquel había sentido por el gemelo que se le había hecho cura después de haber fundado con él la sede del partido socialista en Valdesierra del Sabinar. Más tarde, cuando la tisis se empecinó en los pulmones de Don Celestino, la Emilia olvidó los prejuicios y se instaló en la parroquia. Y buena sustancia debían tener los caldos que le preparaba –pensaron los feligreses– porque cuando el enfermo reapareció después de unos meses, arrastrando una palidez de cirio, la tos había desaparecido. 

Hasta la muerte del párroco, allá por el cincuenta y siete, la Emilia siguió cuidando de su casa, y algo de su sentido práctico parecía haber calado en aquel bendito, que, aunque seguía predicando como un San Juan Crisóstomo, abandonaba a veces sus oraciones para interceder ante el obispo y el gobernador, volviendo al pueblo con algunas conquistas, magras al principio, mayores cuando pasó lo más duro de la posguerra: la rebaja en la condena de algún hombre enfermo, la beca para un chiquillo bien dotado, la primera escuela, el asfaltado de la carretera. El día del entierro la Emilia intentó malamente disimular un dolor de hembra que le subía del vientre y le apretaba la garganta como una soga. Alguno hubo que quiso manchar el buen nombre de los cuñados, pero se impuso la fama de santidad del sacerdote, que fue enterrado con todos los honores en el atrio de la iglesia, a los pies de la patrona, la Virgen del Monte. 

Cincuenta años después llegaron de la capital a exhumar los cadáveres de los fusilados del 19 de julio para darles una sepultura digna. El de Román Martín, el alcalde republicano, apareció junto a la tapia del cementerio, un poco retirado de los otros doce. La Emilia, nonagenaria y temblorosa, reconoció la alianza que llevaba grabados los nombres y la fecha de la boda y, mientras revivía la angustiosa muerte de aquel hombre, aseguró que no eran necesarias pruebas ningunas. Salvo ella, nadie llegó a saber que el agujero que habían tenido la precaución de hacerle en el cráneo no era de bala, sino de berbiquí; ni que aquel muerto había logrado esconder a su marido en la cripta de la iglesia durante cinco años; ni que le había dado clases de teología hasta que la tuberculosis le arrancó el último suspiro; ni que los remordimientos por el sacrilegio que cometía le estuvieron rondando hasta que la propia Emilia, atea hasta las cachas, lo convenció de que un Dios que había creado el amor y la vida comprendería, por encima de todo, que se los regalase a su hermano y a ella.

Cuento finalista en el X Concurso de Relatos Escritos por Personas Mayores

6 jun. 2018

Monumento

Procedencia de la imagen


"Al soldado desconocido" reza solemne el rótulo dorado. A su alrededor, cientos de nombres masculinos rayados toscamente sobre el granito por manos de mujeres y hombres que sí los conocían a la perfección.