17 may. 2019

Un globo viajero

Ilustraciones de Carmen y Pablo Pérez Corsino


Este soy yo, el globo en forma de elefante que arrastra un niño rubio con pantalones de peto azules y jersey rojo. Su padre acaba de comprarme por un euro al señor Aniceto. 

Anoche el señor Aniceto me llenó la panza de un gas que me permite volar y después me ató con un cordel para que no me escapara. Con el cordel, el padre de Nico ha hecho una pulsera alrededor de la mano de su hijo para que pueda llevarme de paseo.



Nico corre sobre la hierba verde del parque, arrastrándome detrás de él. De vez en cuando mira hacia atrás, para asegurarse de que no dejo de seguirlo, y se ríe contento. El viento me hace cosquillas en la tripa, yo tampoco puedo dejar de reír. ¡Es divertido ser un globo sujeto por la mano de un niño!

¡Ay! ¿Qué está pasando? El nudo de mi cordel se ha aflojado y acaba de soltarse del todo. Nico se da cuenta, intenta agarrarme, pero ya es demasiado tarde. Cada vez estoy más lejos de la mano de mi dueño, que me mira con dos lagrimones en la cara. 

—Dile adiós al elefante, Nico —dice su papá y Nico se despide de mí agitando la mano. 

—¡Buen viaje, elefante! —gritan los dos a coro— ¡Que vivas muchas aventuras!

—¡Adióóóós, Nico!


***


Las palomas del parque dan vueltas alrededor de mí, pero no se atreven a acercarse.

—No tengáis miedo, solo soy un globo con forma de elefante. ¿Podéis coger mi cuerda con el pico y llevarme de nuevo con mi dueño?

Ellas no me contestan ni me ayudan. Es como si no me oyeran. Las palomas no entienden la lengua de los globos.

***

¡Cuánto he subido! No veo ni las palomas ni a Nico y el parque, a lo lejos, es una manchita verde. De pronto aparece junto a mí la punta afilada de un pico mucho más grande que el de la paloma. ¡Es una cigüeña! ¡Si se acerca un poco más, me pincha sin remedio! 

—No te entretengas, Justino, eso no se come —le dice su compañera, que vuela justo detrás de él—. Tenemos que seguir nuestro viaje a África, ya está llegando el invierno.

—Señor cigüeño, señora cigüeña, ¿podrían coger mi cuerda con el pico y llevarme con ustedes a África? África es tierra de elefantes, seguro que allí habrá algún niño que quiera jugar conmigo.

Pero no me contestan ni me ayudan. Es como si no me oyeran. Las cigüeñas tampoco conocen el lenguaje de los globos.

***

¡Brrrruuuuuuhhhhh! ¡Qué ruido más espantoso! ¡Es el motor de un avión! 

—Mira, mami, un elefante de colores —dice una niña con trenzas que mira a través de la ventanilla—. Vamos a cogerlo.

—No seas boba, nena, solo es un globo. Además, las ventanillas de los aviones no se abren.

La niña de las trenzas me dice adiós con la mano mientras me alejo dejando el avión muy por debajo de mí. Estoy tan lejos de la tierra que no encontraré nunca a ningún niño. ¡No volveré a jugar!
            

Sigo subiendo, subiendo, subiendo. La Tierra parece en un globo azul flotando en el espacio. Pero, ¿qué es eso que se acerca? Una especie de cazamariposas acaba de capturarme y me introduce en un platillo volante.

—Atención, llamando a Nihuter, llamando a Nihuter, capturado alienígena volador. Regresamos a la base—. El que habla es un hombrecillo de piel verde, pelo tieso y orejas como embudos.

—Hola, ¿quién eres? —le pregunto—. Yo soy un globo de la Tierra, tengo forma de elefante, ¿te gustaría jugar conmigo?

El hombrecillo extraterrestre no me responde. Parece que no me oye. ¿Es que nadie sabe el idioma de los globos?

***

Nihuter es el planeta al que me han traído embarcado en el platillo. Todavía no sé cómo es. Desde que llegué estoy encerrado en un laboratorio para que sus sabios me estudien.

—Qué extraño—dice uno de los científicos— no tiene corazón.

—No tiene pulmones —añade otro.

—¡Está completamente hueco! —dice el tercero.

—Soy un globo, estoy lleno de gas —intento explicarles, pero ellos siguen con sus comprobaciones:

—No come ni bebe.

—No se mueve, no duerme ni se despierta.

—No tiene boca, no habla.

—¡Soy un globo con forma de elefante! —intento gritar con todas mis fuerzas.

Ellos no parecen oír nada. ¿Así que no tengo boca y no hablo? ¡No es que nadie conozca mi idioma, es que ni siquiera soy capaz de decir una palabra!

Cuando terminan de examinarme me dejan, pegado al techo, en una esquina del laboratorio. 

—¡No sirve para nada! —dice uno de ellos al salir.

—¡¡¡Sirvo para jugar!!! —me gustaría gritarles. No lo hago, ya sé que nadie podrá nunca escucharme.

***

¿Eh? ¿Qué veo? La puerta se abre y aparece un extraterrestre pequeñito.

—¿Papá? ¿Papá?

No hay respuesta, en el laboratorio no queda nadie más que yo.

Se acerca a mí y me acaricia sorprendido. De pronto, sin que yo le diga nada, coge mi cuerda, se la anuda en el bracito verde y mira como floto.



Ahora soy ese globo en forma de elefante que arrastra Onic, un niño verde con orejas de embudo y pelo tieso. Onic corre sobre la hierba roja de su planeta arrastrándome detrás de él. De vez en cuando mira hacia atrás, para asegurarse de no dejo de seguirlo, y se ríe contento. El viento me hace cosquillas en la tripa, yo tampoco puedo dejar de reír, aunque nadie me oiga. ¡Es divertido ser un globo sujeto por la mano de un niño!



Este es el cuento que fue seleccionado para su publicación en el Concurso de Cuentos Infantiles de Otxarcoaga. La lectura de relatos y la entrega de los ejemplares del libro, a la que por diversas razones no pude asistir, fue el pasado sábado cinco de mayo. No he querido publicar el cuento hasta que no se hubiese celebrado el acto y... hasta que no me llegasen de Madrid estas preciosas ilustraciones que me han hecho mis sobrinos Carmen y Pablo. Con ellas el cuento tiene un brillo especial.


11 mar. 2019

El galán y la obrera

Escultura de Gerardo Fernández 


Una mañana, en el túnel suroeste, cuarto nivel de profundidad, observé a una diminuta obrera que se insinuaba pícara a un macho de cintura flexible mandíbula feroz y antenas graciosamente inclinadas.

−Muero por tus feromonas, guapetón.

−Venga ya, pequeñaja, ¿crees que con el tipazo que tengo me voy a fijar en un monigote estéril?

−¡Tú mismo! Conmigo ibas a echar un buen ratito, sin fecundaciones ni gaitas. ¡Que sepas que si te apareas con la reina la palmas al momento! Además, la reproducción está sobrevalorada. ¿No sabes que somos ya más de mil billones en el mundo? A este paso, vamos a dejar el planeta más seco que un saltamontes muerto a la puerta de casa.

Ante la mirada despectiva del macho, la hembrita se alejó lanzando consignas contra el monopolio de la reina sobre los maromos y reclamando la revolución sexual, la decapitación de la abusadora y la exposición de su cabeza en el intercambiador central del hormiguero.

Dos horas más tarde volví a verla en el túnel norte, segundo nivel de profundidad. Una hormiga sargento estaba comunicándole que, dado su carácter levantisco, debía abandonar el área de alimentación de larvas, a las que podría contaminar con sus ideas subversivas, y pasaba al área de defensa, sector oriental, en primera línea de batalla contra los ejércitos de la colonia enemiga.

Variación sobre un texto de Raimond Queneau.

8 feb. 2019

Tratado de las armas

Fragmentos de un libro perdido
 


Leonardo da Vinci, Ballesta gigante


Observas admirado 

la forja del alfanje. 

La cabeza que corte 

bien puede ser la tuya. 

... 

Ni el hábil ballestero 

con toda su destreza 

puede rasgar la nube. 

... 

¿Es culpable la espada, 

la mano que la empuña 

o quien aguzó el filo? 

... 

No a la que hiere y mata 

sino a la que libera 

de un tajo la atadura, 

a esa le canto.

23 ene. 2019

La Marina de Ficticia

La Marina de Ficticia, (Lima, Perú, Micrópolis, 2018)



En diciembre hizo diez nueve años que recalé en la Marina de Ficticia. Acababa de finalizar un curso de escritura con el escritor Javier Mije, centrado en el microrrelato, y no sabía qué hacer con aquellos nuevos conocimientos cuando encontré la web de Ficticia, una editorial mexicana en la que, entre otras cosas, se compartían relatos y se realizaba un concurso-taller de minificciones.  Me costó trabajo orientarme en la página y el primer micro que envié no cumplía los requisitos, aunque me valió unas amables palabras del terrible Carlos (Sapo) de Bella, que me animaron a continuar. Otro relato mío, del mismo mes de diciembre, consiguió un segundo lugar compartido en la muestra mensual y esa alegría me animó a quedarme. En aquellos momentos soñaba con aprender lo suficiente para ser tallerista y no tardé en tomar posesión del taller del día 30, para más tarde pasar al del día 1, donde aún sigo. Formé más tarde parte del equipo de coordinación con José Martínez Nuévalos, José Manuel Dorrego e Isabel Segura Boutry  y, finalmente, llegué a ser coordinadora de la Marina durante el año 2018 junto a Mónica Brasca y Lola Díaz-Ambrona. He dedicado mucho tiempo y trabajo al taller, pero nada comparable a lo que Ficticia me ha dado a mí: he aprendido recibiendo los consejos de los talleristas y dando consejos a los participantes, he conocido a gente generosa y entusiasta (todos los ficticianos lo son, pero especialmente el creador de la idea e infatigable difusor de la minificción, Alfonso Pedraza), he ganado un buen puñado de amigos y he visto mis relatos publicados en un par de preciosos libros: 100 Fictimínimos: microrrelatario de Ficticia y el recientemente publicado por la Editorial Metrópolis, La marina de Ficticia, cuya portada encabeza esta entrada.

La marina de Ficticia es una iniciativa de José Manuel Ortiz Soto, cirujano pediatra y escritor, que reúne textos de los actuales talleristas de la Marina de Ficticia y de algunos ilustres jurados de los muchos que han pasado a lo largo de los quince años del taller. Cada uno ha participado con tres relatos que dan una variada muestra de temas, procedimientos y estilos. Hoy he encontrado una estupenda reseña publicada en Facebook por el doctor José Espinosa-Jácome. Merece la pena leerla entera (mejor si se tiene la antología al lado, cosa difícil en España, puesto que se trata de una edición peruana), pero no no puedo evitar reproducir las palabras que me ha dedicado a mí y a Cicatrices, uno de los tres textos que yo he presentado.

Tal vez la autora más representativa en esta antología sea Elisa de Armas (Sevilla), junto a Jorge Oropeza –debido al uso de la mayoría de los elementos citados–; su estilo pulcro domina recreando hipertextos: Caperucita, El caballero de la triste figura, etc.. En “Cicatrices” (p. 34) lleva la narración desde la infancia a la edad adulta, como lo hace Mónica Brasca a propósito de “Trapos sucios’, inclusive coincidiendo con la historia de abuso. Con un estilo muy personal es fácil reconocerla. Logra con maestría la brevedad, los encabezamientos –con frecuencia en una diglosia entre el latín y el castellano–, la sorpresa y la transtextualidad.
Termino esta entrada dando las gracias a todos los ficticianos por su compañía durante esta década, a Manolo Ortiz Soto por el empeño que puso en sacar adelante el libro, a Beto Benza y la editorial Micrópolis por publicarlo y al doctor Espinosa-Jácome por sus palabras. Como dice mi amiga Mónica Brasca, nunca me quito la camiseta de ficticiana, es un orgullo lucirla.

27 oct. 2018

Efebo



Como una vendedora de manzanas, ofreces la tersura rosada en las mejillas, el jugo de tu boca y sus secretos, la firmeza de carne en plenitud. El gozo de morderte tiene precio y el único veneno es tu sonrisa.

18 oct. 2018

La pérdida

Fotografía de Vivian Maier

Julia se acomoda en su asiento. Frente a ella duerme una pareja madura. La cabeza de la mujer traquetea abandonada en el hombro de su compañero. Julia, con disimulo, los contempla. Después de tres matrimonios, ninguno duradero, sabe que no está hecha para compartir una vida; sí momentos, intensos tal vez, pero pasajeros. Se conoce y se acepta, pero a veces siente envidia de quienes son capaces de recorrer juntos su camino. Abre un libro. Se concentra en la lectura hasta que una sacudida del vagón la hace levantar la vista. Sus vecinos también la han advertido: ella se agita en sueños y él, sin despertarse, con la precisión que da la costumbre, le pasa el brazo detrás de los hombros y la estrecha contra sí. A través de la ventanilla la luz vespertina baña de placidez sus rostros.

El tren comienza a desacelerar. La mujer abre los ojos. Su expresión se tiñe de sorpresa e, inmediatamente, de azoro.

−Disculpe, por favor… es que…

−Nada que disculpar, señora −responde él, sobresaltado−. Espere, le bajo la maleta.

Julia la ve salir, sonrojada, nerviosa, recién expulsada del paraíso. Después mira al hombre un instante, lo justo para ver cómo lo estremece una desolación infinita.

Este relato, inspirado en la fotografía de la norteamericana Vivian Maier, ha sido seleccionado para formar parte del libro recopilatorio de ENTC 2018. 😊😊 

22 ago. 2018

Fosa común

Cementerio en Berlín


Aquí yacen una niña tímida, una adolescente confusa, una joven irresponsable, una mujer segura de sí misma y una anciana desmemoriada que compartieron algunos recuerdos.