27 oct. 2018

Efebo



Como una vendedora de manzanas, ofreces la tersura rosada en las mejillas, el jugo de tu boca y sus secretos, la firmeza de carne en plenitud. El gozo de morderte tiene precio y el único veneno es tu sonrisa.

18 oct. 2018

La pérdida

Fotografía de Vivian Maier

Julia se acomoda en su asiento. Frente a ella duerme una pareja madura. La cabeza de ella traquetea abandonada en el hombro de su compañero. Julia, con disimulo, los contempla. Después de tres matrimonios, ninguno duradero, sabe que no está hecha para compartir una vida; sí momentos, intensos tal vez, pero pasajeros. Se conoce y se acepta, pero a veces siente envidia de quienes son capaces de recorrer juntos su camino. Abre un libro. Se concentra en la lectura hasta que una sacudida del vagón la hace levantar la vista. Sus vecinos también la han advertido: ella se agita en sueños y él, sin despertarse, con la precisión que da la costumbre, le pasa el brazo detrás de los hombros y la estrecha contra sí. A través de la ventanilla la luz vespertina baña de placidez sus rostros.

El tren comienza a desacelerar. La mujer abre los ojos. Su expresión se tiñe de sorpresa e, inmediatamente, de azoro.

−Disculpe, por favor… es que…

−Nada que disculpar, señora −responde él, sobresaltado−. Espere, le bajo la maleta.

Julia la ve salir, sonrojada, nerviosa, recién expulsada del paraíso. Después mira al hombre un instante, lo justo para ver cómo lo estremece una desolación infinita.

Este relato, inspirado en la fotografía de la norteamericana Vivian Maier, ha sido seleccionado para formar parte del libro recopilatorio de ENTC 2018. 😊😊 

22 ago. 2018

Fosa común

Cementerio en Berlín


Aquí yacen una niña tímida, una adolescente confusa, una joven irresponsable, una mujer segura de sí misma y una anciana desmemoriada que compartieron algunos recuerdos.

2 jul. 2018

Román Martín Rueda

Cementerio de Luengo de Sayago

Román Martín Rueda


1907-1936


Desde que le mataron al marido, la Emilia empezó a acercarse a la iglesia. Al principio furtivamente, casi a escondidas, como si guardase más lealtad a las ideas del muerto que al cariño indudable que aquel había sentido por el gemelo que se le había hecho cura después de haber fundado con él la sede del partido socialista en Valdesierra del Sabinar. Más tarde, cuando la tisis se empecinó en los pulmones de Don Celestino, la Emilia olvidó los prejuicios y se instaló en la parroquia. Y buena sustancia debían tener los caldos que le preparaba –pensaron los feligreses– porque cuando el enfermo reapareció después de unos meses, arrastrando una palidez de cirio, la tos había desaparecido. 

Hasta la muerte del párroco, allá por el cincuenta y siete, la Emilia siguió cuidando de su casa, y algo de su sentido práctico parecía haber calado en aquel bendito, que, aunque seguía predicando como un San Juan Crisóstomo, abandonaba a veces sus oraciones para interceder ante el obispo y el gobernador, volviendo al pueblo con algunas conquistas, magras al principio, mayores cuando pasó lo más duro de la posguerra: la rebaja en la condena de algún hombre enfermo, la beca para un chiquillo bien dotado, la primera escuela, el asfaltado de la carretera. El día del entierro la Emilia intentó malamente disimular un dolor de hembra que le subía del vientre y le apretaba la garganta como una soga. Alguno hubo que quiso manchar el buen nombre de los cuñados, pero se impuso la fama de santidad del sacerdote, que fue enterrado con todos los honores en el atrio de la iglesia, a los pies de la patrona, la Virgen del Monte. 

Cincuenta años después llegaron de la capital a exhumar los cadáveres de los fusilados del 19 de julio para darles una sepultura digna. El de Román Martín, el alcalde republicano, apareció junto a la tapia del cementerio, un poco retirado de los otros doce. La Emilia, nonagenaria y temblorosa, reconoció la alianza que llevaba grabados los nombres y la fecha de la boda y, mientras revivía la angustiosa muerte de aquel hombre, aseguró que no eran necesarias pruebas ningunas. Salvo ella, nadie llegó a saber que el agujero que habían tenido la precaución de hacerle en el cráneo no era de bala, sino de berbiquí; ni que aquel muerto había logrado esconder a su marido en la cripta de la iglesia durante cinco años; ni que le había dado clases de teología hasta que la tuberculosis le arrancó el último suspiro; ni que los remordimientos por el sacrilegio que cometía le estuvieron rondando hasta que la propia Emilia, atea hasta las cachas, lo convenció de que un Dios que había creado el amor y la vida comprendería, por encima de todo, que se los regalase a su hermano y a ella.

Cuento finalista en el X Concurso de Relatos Escritos por Personas Mayores

6 jun. 2018

Monumento

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"Al soldado desconocido" reza solemne el rótulo dorado. A su alrededor, cientos de nombres masculinos rayados toscamente sobre el granito por manos de mujeres y hombres que sí los conocían a la perfección.

18 may. 2018

Vocación

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Mientras arrullaba a su hijo junto a la caravana, nos acercamos y la convencimos: "Ahora hay tratamientos definitivos. Ya no tendréis que soportar las miradas, la humillación..." Aceptó depilarse la barba, se instaló en el pueblo y entró a trabajar en el supermercado. En seguida se le cortó la leche, al tiempo que se sumía en un silencio desesperado y hosco. Hasta que comenzó a brotarle aquel bulto en el cuello. Cuando el bulto se convirtió en otra cabeza, la vimos alejarse con el niño colgado del pecho, cantando alegre a dos voces, en dirección al circo.

21 abr. 2018

Cazadores de nubes

Magritte, La cuerda sensible

Desde que el padre marchó, mamá les da un vaso de caldo aguado con fideos o un trozo de pan duro y se marcha a buscarles la vida, con el hermanillo pequeño colgado del pecho. −No os mováis de aquí −les dice apurada. Cada tarde, Lolo y Saray se tumban en el descampado a saborear las nubes que atrapan sus manitas sucias: las hay espesas y untuosas como requesón, frescas como espuma de mandarina, dulces y rosadas como algodón de azúcar. Ayer comenzó la temporada de lluvias. Sobre el horizonte de chapa y uralita se cernían unos cúmulos plomizos que los niños devoraron con ansia. A la noche su madre los encontró temblando, con la ropa empapada y los vientres hinchados de tormenta.