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| Edvard Munch, Muchacha peinándose el cabello |
El viajero que al anochecer arribe al puerto de Lavinia y decida recorrer sus calles podrá contemplar, a través de las pantallas de papel de arroz que cubren las ventanas, las siluetas de sus mujeres, que se peinan antes de acostarse. Si la noche es calma y aguza el oído, la vibración del papel le traerá el tañido impaciente del cabello de las muchachas que no conocen el amor; la música de los rizos al desenroscarse en manos de los amantes; los ásperos lamentos de la melena de las abandonadas; el crepitar que producen las ancianas al trenzarse las canas mientras ruegan al ángel de la muerte que no las señale aún con su dedo implacable.
Los dedos de ese navegante no volverán a acariciar la cabellera de una mujer amada sin que lo desasosiegue el recuerdo de las melodías que escuchó en Lavinia.
Entiéndase el texto como homenaje a Las ciudades invisibles, de Italo Calvino.

