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14 ene 2012

La ciudad y sus ecos

Edvard Munch, Muchacha peinándose el cabello

El viajero que al anochecer arribe al puerto de Lavinia y decida recorrer sus calles podrá contemplar, a través de las pantallas de papel de arroz que cubren las ventanas, las siluetas de sus mujeres, que se peinan antes de acostarse. Si la noche es calma y aguza el oído, la vibración del papel le traerá el tañido impaciente del cabello de las muchachas que no conocen el amor; la música de los rizos al desenroscarse en manos de los amantes; los ásperos lamentos de la melena de las abandonadas; el crepitar que producen las ancianas al trenzarse las canas mientras ruegan al ángel de la muerte que no las señale aún con su dedo implacable.

Los dedos de ese navegante no volverán a acariciar la cabellera de una mujer amada sin que lo desasosiegue el recuerdo de las melodías que escuchó en Lavinia.

Entiéndase el texto como homenaje a Las ciudades invisibles, de Italo Calvino.

16 jul 2011

Apunte del Novecientos



La Chelito se contonea bajo los focos del Kursaal, buscando entre sus ropas el bichito que la trae a mal traer.

(Hay una pulga maligna
que a mí me está molestando)

En la penumbra de un velador, el joven periodista Rafaelito Florido calcula cuántas gacetillas le costará llenar de flores el camerino de la cupletista.

(porque me pica y se esconde,
y no la puedo echar mano)

Y cuántas la botella de champán francés que le dará el valor que le falta para ofrecerse gentilmente. Por librar a la muchacha de esas comezones

(Rápida salta, pica y se esconde,
ya me ha picado yo no sé dónde)

pondría a su servicio las dos manos delicadas, casi de señorita. O la lengua, si menester fuera.

Otro texto producto de la convocatoria de Ficticia "Las pulgas y el mundo de las Matemáticas". Disculpen el atrevimiento, pero con semejante tema, las neuronas se ponían a bullir a su antojo.

3 mar 2010

No me gusta el tirachinas





Cada lector tiene el dinosaurio que se merece.
Javier Mije

Quedamos con la pandilla en la esquina de casa de Jessi, que vive al lado de la feria. Mi madre me dio permiso para quedarme a dormir allí y Jessi me prestó su top negro, con el escote palabra de honor. Cuando llegó Rubén empezó a meterse conmigo, que si se me iba a caer, que si yo no tenía tetas para sujetarlo, y me dio mucha rabia, pero luego, cuando todos se subieron en el Tirachinas y yo no quise, porque me entra fatiga, se quedó conmigo, aunque a él sí que le gusta, y me compró papeletas en la tómbola. Sólo me tocó un animalito de tela, de esos llenos de bolitas, un dinosaurio verde con la cresta amarilla. Con una mano lo llevaba y la otra me la cogió Rubén. A mí me latía el corazón muy deprisa y no me atrevía a decirle nada, sólo pensaba que me gustaría que no me la soltara nunca.

Después fuimos a la caseta del distrito y con el dinero que nos quedaba compramos rebujito, nosotros dos cogimos una jarra y cuando se terminaba mi vaso de plástico, él me lo rellenaba. No sé cuántos bebimos, entre vaso y vaso, Rubén me besaba en los labios, casi sin rozarme, y yo sentía como si me quemara. Me daba vergüenza y seguía sin saber qué decir, sólo bebía deprisa para que, al terminar el vaso, me besara de nuevo.

No me acuerdo de cómo llegamos a casa de Jessi. Creo que vomité en el descansillo y que fue ella la que tuvo que meterme en la cama mientras, entre susurros, me decía que no hiciera ruido, que iba a despertar a su madre. Todo me daba vueltas y la cabeza me dolía como nunca, pero cuando me desperté, apretado en mi puño derecho, el dinosaurio todavía estaba allí.

Tirachinas: Atracción ferial espeluznante que aparece en la fotografía.
Rebujito: Mejunje que se consume en la feria de abril de Sevilla compuesto por Seven Up y vino fino.

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