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Ilustración de Clara Varela |
El día que llegamos, la abuela la miró de arriba abajo. No se te pudo ocurrir más que a ti, le dijo moviendo la cabeza, con la de adelantos que hay hoy día. Mamá no contestó, se fue a su habitación y se puso a deshacer la maleta deprisa. Yo creo que la abuela se arrepintió, porque al poco vino con un sombrero de paja verde, le acarició la cara y se lo puso con cuidado. Por lo menos, que no te salga el paño, gruñó, que tú siempre has tenido un cutis muy fino.
Como la abuela se ocupa de todo, mamá y yo bajamos todos los días a la playa. Ella se duerme debajo de la sombrilla y yo juego con el cubo y la pala, sin alejarme mucho. Mamá parece una berenjena mustia, con el sombrero verde y el único vestido que le cabe, el ancho y morado. Sólo se pone contenta cuando se lo saca por la cabeza y la tripa gorda asoma por encima de la braguita del bikini. ¡Vámonos al agua, sirena!, me grita, y jugamos a que es una ballena blanca que me persigue saltando entre las olas. Después, nos secamos en la orilla, miramos cómo le resbalan las gotas por la panza y estamos muy atentas por si le salen bultos. Ella dice que son patadas que le da mi hermano. No sé si no va a resultar un poco bruto.
Cuando nos preparamos para volver a casa de la abuela, mamá es otra vez berenjena. Yo le recuerdo que se ponga el sombrero, no vaya a ser que, además del vestido que le esconde la barriga, venga el paño ese a taparle la cara.