28 ago 2013

Vestuarios

El ropero, de Antonio Maya


Aprovechando la mañana de otoño, me pongo a ordenar el ropero del pasillo y un revoltijo de colores —rojos, marrones, verdes, todos los tonos del azul— se desparrama ante mis ojos. Faldas, cinturones, jerseys, pañuelos —¡esa manía tuya de no tirar nada!, me parece escuchar— y al fondo, la caja de cartón que encierra el traje de novia amarillento. ¿Adónde fue aquella muchacha feliz que lo lució hace años? ¿Y la joven que cubría su preñez con el vestido de rayas? Con la trenca de paño otra mujer, apresurada, llevaba sus niños al colegio y el chanel de lana fría lo lució al jubilarse cierta señora de buen ver que tampoco soy yo. No dejo la tarea por imposible, sino por inútil. Camino hasta el vestíbulo, agarro mi bastón y salgo a la calle, decidida a inventarme de nuevo. No me van a encontrar. Cuando Julio y los chicos me busquen, darán unas señas que ya no son las mías.

24 ago 2013

Partida



Al alejarnos la contemplamos con nostalgia, tan hermosa, redonda y azul. De improviso vemos aparecer la punta de un taco descomunal que avanza y retrocede para afinar la puntería antes de lanzarla certera contra Marte, la bola roja.

15 ago 2013

Elegido

Fragmento de la ilustración de Rosa María Iglesias
realizada especialmente para el mes de julio en ENTC


Por su antigua religión, la única verdadera; por las tradiciones ancestrales y la lengua milenaria; para vengar una opresión de siglos. En un momento de debilidad, mientras accionaba el detonador, deseó pertenecer a uno de esos pueblos inferiores, de los que solo saben mirar hacia el futuro.

Este fue uno de los 11 relatos mencionados por el jurado de ENTC en el mes de julio, cuyo tema fue "Preferiría no hacerlo". A través de la entrada que recoge el veredicto se puede acceder a los tres relatos ganadores y al resto de los mencionados.

31 jul 2013

Mater amatisima

Pablo Picasso, Madre e hijo


En el primer cajón de la cómoda, entre decenas de mechones —atados y fechados— que van del rubio primigenio al castaño oscuro, se agazapa un juego completo de dientes de leche. De las paredes cuelgan cientos de instantes inolvidables en los que el protagonista es su único retoño. Los armarios y arcones rebosan de jerseicitos tejidos a mano, disfraces, kimonos y cinturones de kárate. En la habitación del hijo se acumulan dibujos, cuadernos repletos de una caligrafía deshilvanada, manualidades y una colección de vídeos caseros, testimonio minucioso de sus primeros trece años de existencia. Las visitas de Carlos, a quien abochorna la contemplación de ese exhaustivo museo de sí mismo, se han ido espaciando hasta llegar a ser casi inexistentes. Doña Rosa, atareada en limpiar, doblar, etiquetar y organizar cada pieza, aún no lo ha advertido.


Este es uno de los textos que han recibido mención por parte de Mar Horno, jurado en el concurso del mes de junio en la Marina de Ficticia. La mini ganadora, el resto de las seleccionadas y los comentarios de Mar pueden leerse en la Bitácora de la Marina.

26 jul 2013

Adicto



Con Laura la vida era una emocionante carretera de montaña, llena de rampas y descensos, curvas y precipicios. Desde que se marchó es una autopista gris y rutinaria. Por eso a veces,  cuando vuelvo a la soledad de mi adosado, la tomo en sentido contrario.

23 jul 2013

Infierno particular



Gominolas 


Como a Tántalo, se le ofrecen bandejas repletas de gominolas y tabletas de chocolate negro. Pero estas sí se dejan alcanzar por sus manos ansiosas. Los dedos, en cambio, se niegan a introducirse en su garganta y provocar el vómito. Frente a ella se yergue, imperturbable, la luna de un espejo.


18 jul 2013

El pañuelo

Niña tejiendo, Auguste Renoir

El tío abuelo tenía los párpados abultados y una sonrisa entre alegre y resignada; ella no sabía que trabajaba en la cárcel y que aborrecía su trabajo. La niña, sentada al sol, repasaba con puntadas desiguales, en un trozo de sábana, el contorno de un velero; sobre él un círculo amarillo del que surgían líneas rectas –una larga, otra corta, alternadas– representaba el sol. El tío se acercó, alabó la labor y le pidió que le bordara uno para él, un pañuelo, dijo. Semanas más tarde oyó a su abuela llorar la muerte inesperada del hermano. Mientras todos se afanaban buscando las ropas de luto, sintió que estorbaba, se refugió en el balcón y recordó, de repente, la promesa incumplida. Fue la primera vez. Después se ha ido acostumbrando a esa mala costumbre que tienen los difuntos queridos: marcharse dejándonos siempre una cuenta pendiente, una deuda definitivamente impagada.

Con este texto participé en el Vendaval de micros 2013, organizado por Marina de la Fuente, Pablo Garcinuño, Fernando Vicente y Ana Vidal.