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Eduardo Laplante, Santiago de Cuba (1856) |
Unos dijeron que era la alegría del cincuentón por haber conquistado a la más bella damita de todo el oriente; otros, que pretendía hacerse perdonar los remotos orígenes de la niña Gloria, que se traslucían en el canela claro de la piel y en los salvajes rizos negros; los más, que quería dejar claro quién era el más rico hacendado de la zona. El caso fue que Fabricio Curet hizo traer para su boda la última novedad de París, un globo aerostático desde el cual los invitados podrían admirar los cafetales que cimentaban su fortuna. Pero los pulsos de la novia se alteraron cuando Fabricito, el sobrino del patrón, recién llegado de Francia, se inclinó a besarle la mano. El mismo día de la ceremonia, de madrugada, la niña Gloria burló la vigilancia de su madre para encontrase con él en la barquilla del globo. Cuentan que no encendieron el horno, que el solo ardor de los jóvenes amantes elevó la temperatura del gas y que ascendieron a una altura tal que ni las águilas lograron ver hacia dónde los arrastraban los vientos.