Él no comprendía cómo, antes de conocerla, no había apreciado las variadas costumbres de aquellas criaturas aladas, de vivos colores y formas caprichosas. Ella no se cansaba de escuchar sus relatos de señores feudales, pestes, cruzadas y guerras de nombres sonoros –de las Dos Rosas, de los Cien Años- encontrándolos llenos de una belleza cruel. Al par que sus vidas, en su biblioteca se confundieron en alegre desorden los tratados de Ornitología y los tomos de Historia Medieval.
Dos años después, al repartir los libros, ninguno de los dos dudó a quién pertenecía cada uno. Él odiaba los pajarracos. A ella la aburrían las batallitas.






