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Claustro del convento de Santa Clara (Sevilla) |
A sor X, inteligente, luchadora y contraria a la "trata de monjas".
De Kenia llegaron al convento de Santa Rosalía decididas a guardar voto de silencio y a cuidar de una comunidad envejecida, a punto de extinguirse. Sus jornadas transcurrían entre oraciones, trabajo y unas sonrisas medio tristes, medio forzadas, que llevaron a que el capellán las animara a participar en la liturgia con mayor libertad. Así, al tiempo que la capilla barroca se llenaba de ritmos y palmadas, de sonidos articulados en una lengua oscura y remota, los naranjos cambiaron su silueta por la de las acacias, la hierba creció borrando caminos, rompiendo la simetría de los parterres, y en el huerto comenzaron a volar flamencos -que las hermanas ancianas tomaban por ángeles- y a pacer los antílopes. La primavera trajo unas lluvias desconocidas y la acequia se convirtió en un río de lodo, pero en junio el cielo ha vuelto a ser de un azul vibrante y las monjitas jóvenes sacan de nuevo a las mayores a calentarse al sol. Bajo el barro que ciega el aljibe del claustro las esperan, agazapados, los cocodrilos.
Este micro ha llegado a las "deliberaciones finales" de mayo en La microbiblioteca y será publicado en papel, junto al resto de ganadores y finalistas mensuales. Además, he tenido la suerte de que haya pasado por la sala de autopsias en Pequeñas imperfecciones, donde ha sido hábilmente diseccionado.
Este micro ha llegado a las "deliberaciones finales" de mayo en La microbiblioteca y será publicado en papel, junto al resto de ganadores y finalistas mensuales. Además, he tenido la suerte de que haya pasado por la sala de autopsias en Pequeñas imperfecciones, donde ha sido hábilmente diseccionado.