14 mar. 2014

Clandestinas


Fotografía de María Sol

A diario, tras la misa de once, las señoritas Echevarría pasean su elegancia mojigata —zapato de medio tacón, falda bajo la rodilla— por la Avenida. Se diría que no solo se preocupan de coordinar cada prenda dentro de la misma gama de color, sino también de establecer un contraste armónico entre las de ambas: rojo vivo frente a azul gris, castaño frente a verde hoja, violeta frente a anaranjado. Vuelven a casa a mediodía cargadas de pequeñas compras: unas madejas de perlé, un bote de laca de uñas, media docena de bizcochos borrachos.

Aquí solo vienen al caer la tarde, de una en una, sin arreglar y con el aire apresurado de quien se ha quedado sin sal o busca una farmacia de guardia. Gertrudis siempre pide ginebra, Enriqueta prefiere el coñac.

Microrrelato escrito para la fotografía de María Sol dentro del proyecto La cámara de escribir.

3 comentarios:

  1. Como se suele decir: !Las apriencias enganñan!! Muy bien hirvanado. Me ha gustado mucho.
    Besicos muchos.

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  2. Los bizcochos borrachos eran una pista, evidentemente.
    En cuanto al asunto de colores, me recordó cosas que me contaba mi madre; de cómo, cuando ella era joven, hace 60 años, las chicas para salir se preguntaban cada una qué se iban a poner para no desentonar en conjunto y, al tiempo, no repetirse. Muy complicado.

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    1. Vaya, Luisa, todo está inventado, yo no sabía esas costumbres, está claro que las señoritas Echevarría sí, aunque ellas son un poco más jóvenes que tu madre, yo les echo sesenta y muchos ;-).
      Un abrazo.

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