21 nov. 2015

Su seguro servidor




"X" atraviesa la puerta acristalada que se abre automáticamente a su paso. A esa hora tonta ─entre las 9 y las 11 de una fría mañana de enero─ el movimiento de los vecinos del lujoso bloque de apartamentos es escaso. "Y" se levanta de su asiento, tras el mostrador de roble barnizado, y la saluda con un respetuoso "Buenos días, señora".

"X" responde con otro buenos días, amable pero condescendiente. Arrastrando las zapatillas de paño, "X" avanza hacia el ascensor, pero, antes de llegar, se deja caer en el sofá de terciopelo rojo que decora el vestíbulo de entrada. "Y"  le pregunta si se encuentra bien. "X" sonríe: "No es nada, un pequeño desfallecimiento, el corazón, ya sabe... voy a descansar un rato antes de subir".

"X" se arrellana y se contempla de reojo en el espejo que cubre la pared frente al sofá. Con su mano pequeña de uñas sucias se atusa el pelo canoso que lleva muy corto y se le encrespa en el flequillo. "Y", servicial, se ofrece a traerle un vaso de agua. "X" lo rechaza con un gesto y pregunta si le ha llegado correspondencia. "Y" finge no estar seguro y rebusca entre los cajones del mostrador. "No, señora, solo publicidad".

─Ya nadie escribe cartas ─responde "X" con un suspiro─ y los asuntos de negocios se resuelven por Internet.

─Cierto, señora ─contesta "Y" solícito─. ¿Le apetece un chupito?

Antes de que "X"  lo rechace, "Y" saca una botella de chinchón del cajón inferior, sirve un vaso y se acerca al sofá. "X" lo despacha de un trago, cierra los ojos y espera un segundo vaso que, ahora sí, paladea despacio, pasando la lengua golosa por los labios cada vez que da un sorbo.

─El señorito Juan está a punto de volver de Washington ─afirma "X" con una satisfacción forzada─. ¿Podría hacerme una copia de las llaves? Creo que he perdido las de repuesto.

─Por supuesto, señora, mañana sin falta se las tengo. Un juego completo de llaves del 3º B ¿Se quedará aquí mucho tiempo el señorito?

─Eso espero, "Y", ya sabe que él siempre ha sido culo de mal asiento. Debería instalarse aquí y cuidar un poco de su madre.

"Y" se rasca la oreja buscando una respuesta y, al no encontrarla, se acerca al mostrador para servir un tercer vaso. De pronto el ascensor, que llevaba una hora detenido en el bajo, inicia el ascenso reclamado por algún vecino. "Y" esconde vaso y botella precipitadamente. "X" se levanta del sofá y atraviesa el vestíbulo con la rapidez del ratoncillo que husmea el peligro.

─Acabo de acordarme de que olvidé un mandado, "Y". Con la llegada de mi hijo no sé dónde tengo la cabeza.

"Y" despide a "X" con un tímido gesto de la mano y vuelve a su asiento tras el mostrador. "X" se enfrenta al aire helado de la calle, aferra el asa del carrito repleto de bolsas de tesoros que recolecta en la basura y se marcha con sus pasitos cortos, arrastrando las zapatillas de paño.

Del ascensor, alta, rubia, envuelta en un abrigo de astracán, sale "Z", la vecina que lleva viviendo en el 3º B los últimos cinco años. "Y" se levanta de su asiento, tras el mostrador de roble barnizado, y la saluda con un respetuoso "Buenos días, señora".

5 comentarios:

  1. Muy bueno, Elisa, me gustó mucho. Inesperado final.
    Saludos.

    ResponderEliminar
  2. Me ha encantado, Elisa, y cada vez me gusta más que se alarguen los micros. Felicidades.

    ResponderEliminar
  3. A mí también me agrada esta distancia. Con los que escriben bien, las 100 acaban sabiéndome a poco. Preciosa historia sobre la fidelidad, que no es exclusiva de los amantes. Un abrazo, Elisa¡

    ResponderEliminar
  4. El relato es genial, pero el final ya es demoledor.
    Mi admiración.

    ResponderEliminar
  5. Muchas gracias, Juan Esteban, Ximens, Luz y Miguel Ángel, es una alegría saber que hay alguien al otro lado. Y que os guste a vosotros, que tan bien escribís.

    ResponderEliminar

¡Gracias por comentar!