8 jun. 2014

Salir de pobres

Fotografía de Ben Zank


Cada vez que nos encontrábamos en apuros enviábamos a mi hermana Conchi a pedir un crédito al banco. Sus ojos violeta, sus hombros carnosos, su busto amplio y su cintura de avispa, unidos a una expresión entre soñadora y voluptuosa que copiaba de las actrices de los cincuenta, la hacían irresistible. A cambio de préstamos que nunca seríamos capaces de devolver, concedía una cita en el paseo del río a los sucesivos directores de la sucursal. Uno a uno los fue dejando plantados, entre los helechos, en el momento en el que se atrevían a introducirle la mano en el escote. La tierra era buena y sus pies no tardaban en enraizar, pero por más que los sacudíamos no desprendían más que una lluvia de caspa, balances descuadrados y listas de morosos. Fue mamá la que tuvo la idea de sembrarlos bocabajo. Los cabellos y los dedos de las manos también han arraigado con facilidad, pero ahora les brotan a pares lustrosos zapatos italianos que cosechamos a escondidas y vendemos los domingos en el mercadillo.

Con Fernando Vicente y muchos amigos más en los Viernes creativos de Escribe fino.

3 comentarios:

  1. Preciosa metáfora de la realidad. Avisa el iminente fin del dominio bancario.

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    1. Creo que tu lectura es excesivamente optimista :-), Carlos, para acabar con ese dominio las hermanas guapas deberían buscar las víctimas en otros lugares, los directores de las sucursales bancarias, los pobres, poco poder tienen.

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  2. Como decía aquel: en tiempo de guerra, cualquier agujero es trinchera.

    Abrazos Elisa.

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