29 may. 2016

Ars moriendi

Ilustración de Paloma Casado


La cercanía de la muerte, de la que daban cuenta canas y achaques, despertó en el abuelo un terror que le hacía pasar las noches en vela y los días en iracunda melancolía. El único remedio era hacerle frente, de manera que mandó hacer un ataúd, tapizado de seda, en el que se retiraba a descansar cada noche y del que emergía a la mañana sereno y confortado. La abuela, con el cuerpo agotado por sus quince embarazos, consiguió por primera vez dormir sin sobresaltos. 

Muerto el abuelo, mi padre lo enterró en una caja humilde y guardó el ataúd en el desván. Más tarde, con los primeros síntomas de decrepitud, surgió en él el mismo pánico a la visita de la parca y lo encaró con la misma determinación. El cómodo féretro ocupó el lugar de la cama matrimonial y mi madre, una mujer rígida y distante, se retiró aliviada a la antigua habitación de servicio. 

No sé qué extraño impulso me hizo conservar el ataúd y enterrar a mi padre en una sencilla caja de pino. A diferencia de ellos siempre he sido un hombre vital, capaz de gozar, pese a los años, la buena mesa, los amigos, el cariño de mis hijos y el de una esposa aún joven y bonita. Fue ella quien, entre bromas, me retó a pasar una noche en el viejo ataúd. Lo hice por darle gusto, pobrecilla, no podíamos imaginar que otra vendría a mi encuentro, blanca, delgada, fría, de boca y sexo ardientes como si arrastrase un hambre de milenios. Mis días se han vuelto un sinvivir, aliviado tan solo por las noches de amor. Dentro de mí se debaten sin tregua la impaciencia por que me lleve consigo para siempre y los celos, pues sé que allá tendré que compartirla con mis antepasados. Mientras tanto he dejado establecido, por supuesto, que al morir el ataúd sea incinerado conmigo.

Este microrrelato fue diseccionado bajo el Microscopio de ENTC por Asún Gárate, Elena Casero y José Ángel Gozalo

16 may. 2016

Leyenda del Salón Dorado



Vivió en Zaragoza un rey moro que ansiaba levantar en su palacio una sala que en nada envidiase a las del Paraíso, mas ninguno de los proyectos presentados por sus alarifes satisfizo al exigente monarca. Finalmente, se presentó en la corte un extranjero asegurando que, si le permitía contemplar la danza de las mujeres del harem, edificaría para él la más hermosa estancia que jamás nadie hubiera contemplado. 

Dudó el rey, pues era celoso y posesivo, pero al fin aceptó la propuesta. Al atardecer, en un solar anexo al patio del palacio, Aixa, la favorita, y el resto de sus compañeras bailaban ante el monarca y el forastero. Esperó este a que las jóvenes se emparejaran y, cuando alzaron sus brazos, curvándolos airosamente, pronunció un conjuro en su lengua desconocida. Al instante, los cuerpos esbeltos quedaron convertidos en columnas, los brazos se entrelazaron formando arcos caprichosos y surgió sobre ellos una hermosa techumbre decorada con versos del Corán. 

El rey lloró y suplicó, pues no quería conseguir sus deseos a tal precio, y el extranjero, antes de desvanecerse como humo, accedió a comunicarle que, entre las que formaban los versos, había diez palabras escondidas. Si las encontraba y las ordenaba debidamente, se desharía el hechizo. Cuentan que el rey perdió la razón trenzando infinitas combinaciones, y que las bellas muchachas del harem esperan aún que un mortal acierte con la fórmula que les permita continuar su danza.

Por diversos motivos no pude asistir a la VI Microquedada, que se celebró en Zaragoza el pasado fin de semana, pero participé en la distancia enviando esta "postal para el trovador" que ahora anda en manos de Luisa Hurtado.