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10 abr 2020

De recogida



Jesús de la Sentencia, fotografía de José Luis Flores

A José Luis Flores, macareno, que me prestó la foto.

Las palabras tienen mal fario y esa ni se nombra. Esperanza se revienta a limpiar el piso con lejía y ha hecho torrijas para todo el vecindario, pero aún así no duerme. De madrugada, asomada al balcón, aguarda a que regrese de la guardia de urgencias. Hasta que la ve venir la impaciencia le redobla en el pecho como si desfilase por él la banda de cornetas y tambores que acompaña a la cruz de guía. Despacito, por la calle Parras, con los zapatos planos, el pelo recogido en una coleta y la sonrisa entreverada de lágrimas, su niña se le mece al compás de Campanilleros. Al llegar no hay besos ni abrazos. 

—Dos metros de distancia, mamá—le dice inflexible antes de acostarse. — Y no tengas tanto miedo, si "eso" es como una gripe. 

¡Como una gripe! ¡O no! Cuando ya se ha dormido, Esperanza baja sigilosa al zaguán y amenaza al Sentencia*: 

—¡Como me hagas cantar una saeta, te arranco del azulejo! 



*Jesús de la Sentencia, conocido popularmente como "el Sentencia", es el Cristo titular de la conocida hermandad de la Macarena que procesiona por Sevilla la madrugada del Viernes Santo.


17 mar 2016

Vae victis




In memoriam JMRD, que me contó parte de esta historia.


Al primer aviso de la alocución inminente, la familia abandona el frescor del patio para congregarse alrededor del aparato. Hasta las tatas Patro y Carmela acuden a escuchar al general retorciendo aterrorizadas las puntas de su delantales.

−Buenas noches, señores −saluda Queipo a través de Unión Radio Sevilla−, mañana vamos a tomar Peñaflor. Vayan las mujeres de los rojos preparando sus mantones de luto...− . Antes de que continúe el rosario de bravuconadas y amenazas, Pilar se levanta con el rostro desencajado. «Es muy joven para comprender ciertas cosas», piensa su madre viéndola marchar.

La muchacha sube al soberao recalentado que nadie visita en verano. Hace una semana lo encontró en la azotea. −Yo no he jecho na malo, no me denuncie. Cuando dejen de buscarme, me iré pa Málaga −suplicó enloquecido. Cada noche, con la respiración agitada, Pilar levanta la tapa del arcón y le entrega deprisa lo que ha podido escamotear ese día: algo de gazpacho, pedazos de pan, los albérchigos del postre que guardó en un bolsillo; y, cada noche, aquel hombre orgulloso que soñaba en los mítines con una sociedad sin amos ni religión besa su mano al tiempo que susurra: −Dios se lo pague, señorita.

Este relato ha resultado seleccionado en el concurso de enero-febrero de ENTC con el tema de la radio para ser publicado en la edición del año 2016. Ana Vidal ha dedicado su sección En pocas palabras del programa Soles en el ocaso a ENTC y ha leído varios de los relatos seleccionados en el concurso, entre ellos este. Se puede escuchar aquí, a partir del minuto 41.

12 nov 2015

Rutinas

Soledad, de Ivonne Sánchez Barea



Antes de que llegue papá damos una mano de colorete a sus mejillas, le colocamos la peluca y los zarcillos de perlas. Él la entiende como nadie, bromea y promete que en cuanto se cure hará con su princesa aquel viaje a París tantas veces pospuesto. Ella saca fuerzas para sonreír, como antes del dolor y los tubos. Después mi hermana se marcha con el novio; papá, a jugar la partida de mus con los amigos; y yo me quedo, repasando las notas de la tesis, hasta que se incorpora la auxiliar del turno de noche.

6 oct 2014

Sin retorno

Mujer con niño, de Montserrat Gudiol

A esta hora solo puede ser él. Los golpes resuenan con la urgencia de tantas veces en las que ha vuelto para exigirle dinero o para llevarse medio a la fuerza las pocas cosas por las que le darían algunos euros en el mercadillo. Había jurado no volver a abrirle, pero algo en el golpeteo nervioso la obliga a acercarse y desatrancar la puerta.

─Mama, me vienen siguiendo. Traigo un navajazo en la pierna.

Por el hueco a medias abierto asoma la cara pálida, sin afeitar, y tras ella el cuerpo vacilante, la sangre que desde la ingle empapa el vaquero gastado. La mujer lo deja pasar y cierra deprisa, mientras él se derrumba en el sofá desvencijado.

─Tráeme la merienda ─le pide zalamero.

Debería llamar a un médico, es una herida fea. Sin embargo marcha hasta la cocina arrastrando los pies y vuelve con un trozo de pan con chocolate. El muchacho devora y, al tiempo, la sombra oscura de la barba se vuelve pelusa dorada y se le redondean las mejillas.

─Cuéntame un cuento, anda.

La mujer se sienta en la mecedora, el niño se le acurruca en brazos. La historia de la luna y el lobo, que tanto le gusta, lo hace sonreír y entre los labios tiernos asoma la mella de una de las paletas. Pronto no se oye más que la respiración acompasada del bebé, el runrún de los balancines y el susurro bajito de la nana.

Dos nuevos aldabonazos la sobresaltan cuando está a punto de quedarse dormida. Tres tipos entran en tropel en busca del hijo y escudriñan violentos cada rincón de la casucha. Ella, de pie, curvando la espalda para contrapesar el abultado vientre, los deja hacer con una mezcla de tristeza y desprecio en la mirada. Hasta que al fin se marchan, convencidos de que allí no pueden encontrarlo.

Dejándose caer de nuevo en la mecedora, la mujer abraza su cintura fláccida. Mañana sin falta irá a pedirle al ginecólogo que le ligue las trompas.


Este cuento es uno de los catorce finalistas en el XII Certamen Internacional de Microcuento Fantástico miNatura 2014.

13 ene 2014

Inocente

Iglesia de Santo Domingo (Soria)
Fotografía de Jesús Vega Sánchez


La mujer oyó algo sobre unos mensajeros alados y se acercó al portal por curiosidad, porque iban todos. Allí, al calor de las bestias, estaban el hombre, la recién parida y el chiquillo, que lloraba con desconsuelo. Sintió lástima y, viendo que a la muchacha no le había subido la leche, se abrió la túnica y lo amamantó.

Días después la mujer está sentada en el sardinel mientras su hijo succiona, goloso, de su pecho. El soldado aparece de repente, agarra al niño del brazo y lo levanta en el aire como quien sacude una estera. Ella intenta gritar que ha cumplido dos años, que le cuente los dientecillos afilados, pero la voz se desgarra en un aullido. El relámpago de la espada la ciega un instante y la cabecita rueda por el suelo.

Ya no tiene quien alivie sus pechos y se acuerda del recién nacido, quizás los soldados no encontraron aquel portal retirado. No lo encuentra. Dicen que un mensajero los alertó y huyeron en secreto, sin compartir con nadie la noticia.

Ahora, junto al pesebre, solo es llanto. Por el hijo muerto. Por esa leche que no puede ofrecer y se le va convirtiendo en veneno.

Este micro fue uno de los cuatro ganadores del mes de diciembre pasado en Esta noche te cuento.

24 oct 2013

Cuidados maternales

Paul Klee, Niña con muñeca

Desde que se la regalé me deja tiempo para ordenar la casa y hacer la comida con tranquilidad, incluso para leer un rato. Se sienta con la muñeca en un rincón, le canturrea bajito, la peina y la repeina, la viste y la desviste, le coloca un pañal imaginario y le da de comer con la cucharita de plástico. Sus movimientos torpes traslucen una ternura y un hábito remotos. Cuando llega la noche soy yo quien le da su papilla, la desnuda, le pone el pañal y el camisón. Después, con un beso en la mejilla, le digo “buenas noches”, como siempre le dije, pero no soy capaz de añadir el “mamá”.

26 sept 2013

Terrores (2)

David Alfaro Siqueiros, Entrada a la mina



De chiquitillo tenía miedo a lo oscuro, pero la Justa no le consentía que encendiera la lámpara. Tuvo redaños, la Justa, para criarlo sola, nunca nos dijo quién era el padre. El Quico se hizo buen mozo, y tan listo que los maestros lo animaban a marcharse a estudiar a la capital, pero la madre no quiso separarse de él y tuvo que bajar a la mina, como todos. Mirad donde he acabado, nos contaba entre risas, con lo cagueta que era de chaval. Después, ya sabe, lo pilló el derrumbamiento bajando al pozo y ni siquiera nos devolvieron el cadáver. La ventana de la Justa se ve desde mi casa, ¿sabe usted? Desde aquel día no apaga en toda la noche la luz de la mesilla.

31 jul 2013

Mater amatisima

Pablo Picasso, Madre e hijo


En el primer cajón de la cómoda, entre decenas de mechones —atados y fechados— que van del rubio primigenio al castaño oscuro, se agazapa un juego completo de dientes de leche. De las paredes cuelgan cientos de instantes inolvidables en los que el protagonista es su único retoño. Los armarios y arcones rebosan de jerseicitos tejidos a mano, disfraces, kimonos y cinturones de kárate. En la habitación del hijo se acumulan dibujos, cuadernos repletos de una caligrafía deshilvanada, manualidades y una colección de vídeos caseros, testimonio minucioso de sus primeros trece años de existencia. Las visitas de Carlos, a quien abochorna la contemplación de ese exhaustivo museo de sí mismo, se han ido espaciando hasta llegar a ser casi inexistentes. Doña Rosa, atareada en limpiar, doblar, etiquetar y organizar cada pieza, aún no lo ha advertido.


Este es uno de los textos que han recibido mención por parte de Mar Horno, jurado en el concurso del mes de junio en la Marina de Ficticia. La mini ganadora, el resto de las seleccionadas y los comentarios de Mar pueden leerse en la Bitácora de la Marina.

27 oct 2012

Módulo de mujeres


Fotografía de Nino.Modugno en Flickr


Mariela regresa de la guardería improvisada en la celda 54 y agita orgullosa un folio emborronado de acuarelas.

 —Qué bonito, mi niña, ¿es una mesa?

 —¡Si la mesa es amarilla y tiene patas! Mira, mami: cuadrado, azul, con rayas. ¡Es el cielo!



5 feb 2012

Viendo pasar

Salvador Dalí, Muchacha en la ventana

Era uno de los pocos cuadros que mi abuela había terminado: tenía poco tiempo y al abuelo le fastidiaba aquella afición suya de señorita burguesa. Su hija mayor, casi una niña, aparecía de espaldas, con el pelo recogido en un moño bajo y la falda a la rodilla. La silueta frágil se apoyaba en el quicio de una ventana abierta de par en par al paseo marítimo, la isla con el castillo al fondo.

La abuela lo pintaba a poquitos —la enfermedad no le permitía grandes esfuerzos—, y consiguió acabarlo unos días antes de morir. Es tuyo, mi niña, para que nunca olvides que hay un mundo más allá de esta casa, le dijo.

Tía Mercedes tuvo que romper con un novio para afrontar sus responsabilidades recién adquiridas. Se convirtió en madre de seis huérfanos, administradora del hogar y, más tarde, enfermera del abuelo. Tras la muerte de este mantuvo la casa abierta a hermanos y sobrinos que siempre encontrábamos un plato en la mesa, unos oídos dispuestos a escucharnos, un dulce o un bizcocho guardado en la caja de lata.

Yo creo que, a su manera, era feliz; pero el día que me contó la historia del retrato, después de señalar la precisión del dibujo, la delicadeza de la pincelada y la armonía de los colores, no pudo evitar añadir en susurro: ¡Ojalá madre me hubiera pintado una puerta!

25 ene 2012

Los otros

Ilustración del pintor Jaceck Yerka

Aunque se dejan ver en raras ocasiones, esas criaturas siguen habitando entre nosotros. De costumbres nocturnas, duermen hasta altas horas de la mañana y permanecen refugiadas en sus escondrijos durante el día. Al caer el sol salen a merodear con sus congéneres y no regresan hasta que los alertan las primeras luces del amanecer. En esos últimos momentos de actividad antes de dejarse caer rendidos los oímos arrastrar muebles, abrir y cerrar cajones o dejar correr el agua de grifos y cisternas. Una desaforada voracidad los lleva a atacar nuestras reservas de provisiones dejando tras de sí un rastro de migas, cáscaras y mondas que me veo obligada a recoger sin desmayo. A veces encuentro, esparcidos por el salón o los baños, otros despojos nauseabundos que confirman su presencia. Solo los veo el viernes por la tarde, cuando antes de marchar me acechan en el pasillo y, entre dientes, solicitan la paga semanal.

Primer lugar en la Marina de Ficticia, enero 2012. En esta ocasión la jurado fue la dramaturga y narradora argentina Patricia Suárez.

5 ene 2012

Stop

Stop, de ssuunnddeeww



Dedicado a Rocío, por razones obvias, y a Mónica, porque siempre apostó por él.

Por delicadeza dejaron de invitarla a cumpleaños, fiestas de graduación y puestas de largo; pero ella sabe que la de Toñi se casó con un chico de Madrid, que el de Quico estudia empresariales en Londres, que las mellizas no paran de darle a Lola quebraderos de cabeza y que su sobrino Luismi se ha ido de voluntario a Mozambique. Lo que no entiende es por qué, desde aquel 19 de junio del 94 en que despertó en una habitación de hospital con la cara desfigurada, los suyos no crecen.


Ya es pretencioso dedicarle a alguien seis líneas, si encima la dedicatoria es compartida... En fin, es solo una forma de mostrarles a ambas mi agradecimiento y mi cariño.

4 oct 2011

Solanum melongena

Ilustración de Clara Varela


El día que llegamos, la abuela la miró de arriba abajo. No se te pudo ocurrir más que a ti, le dijo moviendo la cabeza, con la de adelantos que hay hoy día. Mamá no contestó, se fue a su habitación y se puso a deshacer la maleta deprisa. Yo creo que la abuela se arrepintió, porque al poco vino con un sombrero de paja verde, le acarició la cara y se lo puso con cuidado. Por lo menos, que no te salga el paño, gruñó, que tú siempre has tenido un cutis muy fino.

Como la abuela se ocupa de todo, mamá y yo bajamos todos los días a la playa. Ella se duerme debajo de la sombrilla y yo juego con el cubo y la pala, sin alejarme mucho. Mamá parece una berenjena mustia, con el sombrero verde y el único vestido que le cabe, el ancho y morado. Sólo se pone contenta cuando se lo saca por la cabeza y la tripa gorda asoma por encima de la braguita del bikini. ¡Vámonos al agua, sirena!, me grita, y jugamos a que es una ballena blanca que me persigue saltando entre las olas. Después, nos secamos en la orilla, miramos cómo le resbalan las gotas por la panza y estamos muy atentas por si le salen bultos. Ella dice que son patadas que le da mi hermano. No sé si no va a resultar un poco bruto.

Cuando nos preparamos para volver a casa de la abuela, mamá es otra vez berenjena. Yo le recuerdo que se ponga el sombrero, no vaya a ser que, además del vestido que le esconde la barriga, venga el paño ese a taparle la cara.



Este micro ha sido realizado a partir de una ilustración de Clara Varela para el proyecto Escríbeme una ilustración. En su blog  y en los anteriores enlaces podéis disfrutar de su excelente trabajo.

6 sept 2011

Tentación

Lady Macbeth, de Gabriel Cornelius Von Max

Llega de madrugada, cuando me dispongo a amamantar al bebé. La cabellera cobriza y las manos ensangrentadas refulgen en la penumbra de la alcoba.

—Arranca el pezón de sus encías y machaca su cabeza —musita febril—; te chupará las horas, te impedirá escribir, siempre se interpondrá entre tú y tu obra.

La criatura, satisfecha, se adormece; entonces añado un buen chorro de mi leche tibia al cuenco con sangre de gallina que suelo tenerle preparado. Pobrecilla, siempre vagando sola. Además, le estoy agradecida: Lady Macbeth es la única persona que tiene confianza en mi talento.

23 jun 2011

La caída

Fotografía de Ángeles Sánchez


Desde que llegó el buen tiempo hemos vuelto a jugar en el jardín y mamá nos cuida desde allá arriba. Cuando me separo de los demás se asoma entre las cortinas de lienzo del desván y me sonríe, por eso casi siempre juego solo. Fue ella quien paró el columpio justo antes de que se soltara el nudo que lo ataba a la rama. Yo vi su mano pálida, casi blanca, que atravesaba las hojas del nogal como un rayo de luna. Por eso, aunque me estaba columpiando con todas mis fuerzas, al caer sólo me desollé las rodillas.

La que nos baña ahora es la tata Dolores. Nos restriega tan fuerte que me arranca las costras, nunca terminan de cicatrizar y los hilos delgados de sangre se deshacen en el agua mugrienta de la bañera.

Con este relato participé en el Vendaval de micros 2011. Ahora aparece aquí junto a la fotografía de Ángeles, en la que se inspiró, a partir de una propuesta en el foro Brevedades.

3 jun 2011

Proezas

Dibujo de Carmen Rapallo


Todos saben que es una mujer bala, pero a ella no le importa. Prepara las albóndigas en un santiamén, deja la casa reluciente, nos levanta a mi hermano y a mí y nos deja en el colegio antes de marcharse a trabajar. A la vuelta compra en el súper, plancha y nos ayuda a hacer los deberes. Cuando los terminamos, hasta la hora de acostarnos, nos canta canciones del lejano país desde el que la arrojó el cañón o nos cuenta las historias de sus habitantes. Y entonces, aunque no lo creáis, mamá tiene el poder de detener el tiempo.


Proezas obtuvo el octavo puesto compartido con Puck, Víctor Lorenzo y Ángeles Sánchez en el I Concurso El Microrrelatista. El retraso en su publicación se ha debido a causas ajenas a mi voluntad. Estaba tan contenta por la clasificación y la compañía que encargué un dibujo a mi ilustradora favorita, Carmen Rapallo. Y, claro, ella tiene tantos compromisos (los deberes, el inglés, las sevillanas, los juegos, los amigos, el cole... ) que no ha podido enviármelo antes. La espera ha merecido la pena, ¿quién hubiera captado el espíritu del micro mejor de lo que ella lo ha hecho?


Me imagino que muchos habréis visto que se trata de un ReCiclado. En su día, Maite García de Vicuña publicó un micro con una temática parecida, aunque ambos terminan discurriendo por caminos diferentes, se llama La mujer bala y lo podéis leer pinchando en el enlace.

29 abr 2011

Costumbres

La mano derecha de mi madre, de El secretario

Tras los pasos menudos que atraviesan la puerta, un familiar “Mamá, tengo miedo” penetra en sus sueños y la impulsa a hacerse a un lado. El niño, acurrucado a su costado, acompasa pronto su respiración mientras ella, con el temor de aplastar el cuerpecillo frágil, cae en un sopor inquieto que desemboca en un sobresalto. Tantea. No hay rastro del hijo en esa cama metálica y ajena. Alarga una mano que el interruptor no acoge en el sitio acostumbrado: ese lugar preciso donde ella lo busca, a tientas, desde hace más de quince años.

Publicado en El microrrelatista



Este relato hace el número 100, entre micros e hiperbreves, de los publicados en el blog (entradas son algunas menos). Si me hubieran dicho hace un par de años que llegaría a escribir esa cantidad no me lo habría creído. Como dijo una vez Gabriel, el microrrelatista siempre teme que el texto que acaba de escribir sea el último, aunque con el tiempo se empieza a confiar un poco más en la esquiva musa. Un agradecido saludo a todos los que habéis tenido la paciencia de leerme, de forma más o menos asidua.

25 abr 2011

Aguedilla

El Lazarillo y el toro de piedra, de  Antonio Ortega Moreno
Ilustración procecente del banco de imágenes y sonidos del ITE.


No os enfadéis, madre, que ni perdí el dinero, ni me lo robaron en un descuido. Fue que los huevos no llegaron al mercado. Cuando salí esta mañana me esperaban, para burlarme, Roque, Minguillo y Juanón, el manco. Me seguían llamándome cigüeña, porque dicen que tengo las piernas largas y flacas, ¡como si ellos las hubiesen visto! Hoy no estaba con ellos Lázaro, el de Antona, que sabe pararles los pies, así que dieron en arrojarme unos tronchos de berzas podridos y otros desperdicios que escondían bajo el jubón. Tanto me atolondré que, al atravesar el postigo, tropecé y vinimos los huevos y yo a dar en el suelo. No salvé ninguno, madre, los que quedaron enteros se los repartieron los tres arrapiezos y los bebieron entre risotadas.

Madre, no me riñáis, que si me entretuve fue por buscar a Lázaro. Nadie me daba razón de él, hasta que la Antona me dijo que se marchaba de Salamanca con el ciego al que lo ha encomendado. Me llegué hasta la puente, y, cuando acerté a verlos, arrimaba Lázaro el oído al toro de piedra, encandilado como si escuchase música celestial, y el viejo aprovechó su descuido para estrellarle la cabeza contra la figura. A mí, aun desde tan lejos, pareciome oír la calabazada. Qué va a ser de Lázaro, madre, que lo vi llorar, aunque aquella vez que, a orillas del Tormes, se hizo la rajadura con el filo de un canto ni siquiera se quejó; y quién me defenderá ahora de las chanzas de los mozuelos.

Yo pondré más empeño en los mandados, pero no dejéis que me lleve esa vieja que anda buscando criada, que cuentan que la emplumaron por bruja, y que cose virgos y tiene tratos con el diablo. Yo no quiero perder la honra, madre, sino esperar que vuelva Lázaro, que, despabilado como es, sabrá mejorar su suerte y conseguir un oficio. Él siempre decía que, con la ayuda de Dios, el día de mañana llegaría a ser pregonero, y entonces se casaría conmigo.

Este es el tercero y último de los relatos publicados en Miradas y letras II. En este caso he tomado elementos de una versión anterior que había tenido que suprimir por mor de las bases de la convocatoria. Sé que la norma es cortar en vez de alargar, pero no he podido resistir la tentación de añadir alguna cosita.

21 abr 2011

Rodrigo

Leyendo, de Antonio Álvarez Gordillo



Madre, dice Miguel que, si no lo dejo leer tranquilo, a la noche vendrá el gigante Caraculiambro y me llevará con él a su ínsula de Malindrania.

—¿Y se puede saber que más te ha contado ese zascandil?

—Pues que a padre le embargaron y lo metieron en la cárcel porque un mago llamado Freston le tiene ojeriza y le ahuyenta la clientela, que por eso tuvimos que marcharnos de Valladolid. Y que él de mayor no quiere ser cirujano barbero, como padre, sino soldado, que la gloria no se consigue enderezando huesos ni poniendo cataplasmas. Y que no sabe si se enrolará en una armada para luchar contra el Gran Turco o se unirá  al ejército de Pentapolín, el rey de los Garamantas  Y que no tiene miedo de que lo hagan prisionero, porque ya discurrirá él mil ardides para liberarse.

—¡¿Qué voy a hacer con este hijo, Dios mío?!  ¡Miguel! ¿Qué sabrás tú de gloria? ¡Suelta los libros y deja de  asustar a tu hermano! Que con tantos Amadises y Palmerines se te va a terminar secando el cerebro. ¡Como si no tuviésemos ya bastantes calamidades en esta casa!


Este  micro, junto con La regañina (allí titulado Beatriz) y Aguedilla, ha aparecido publicado en Miradas y letras II, libro que contiene una selección de las fotografías y los relatos presentados al concurso que convocó en 2110 la Fundación Camino de la Lengua Castellana.

17 abr 2011

La regañina

Retrato de tres niños, de Sofonisba Anguisciola

"De que vi que era imposible ir a donde me matasen por Dios, ordenábamos ser ermitaños; y en una huerta que había en casa procurábamos, como podíamos, hacer ermitas, poniendo unas pedrecillas que luego se nos caían, y así no hallábamos remedio en nada para nuestro deseo".

Teresa de Jesús, El libro de la vida.


El sol poniente dora la piedra del cercano hospital de Santa Escolástica cuando la criada, bien avisada, siente los tres golpes, amortiguados por un grueso paño interpuesto entre la aldaba de bronce y la puerta. De puntillas atraviesa el patio y vuelve llevando a la niña de la mano; pero esta tarde sus esfuerzos resultan baldíos, doña María las ha oído desde su aposento, interrumpe el rezo del rosario y reclama a la hija.

—Beatriz, ¿cómo vienes con el tacón del chapín roto y la saya desgarrada? ¿Y esas trenzas deshechas? Enséñame las manos.

Dos manos de uñas rotas, aún con trazas de tierra, salen de detrás de la amplia falda y se muestran, temblorosas y paralelas.

— ¿Otra vez haciendo de albañiles? ¿De dónde sacáis esas ideas de levantar ermitas en el jardín? Seguro que la vecinita no se mancha las manos de barro, que ella se reserva el papel de alarife. No sé qué tendrá esa muchacha para sorberos así el seso. Su madre no gana para disgustos, pobrecilla, casi se muere el día en que se le escapó con Rodrigo.  ¡A tierra de moros! Y es que tiene a los hermanos dominados, que no ven más que por sus ojos. Menuda marimandona está hecha. Te digo, Beatriz, que Teresita, con ese carácter que tiene,  no va a encontrar un hombre que se atreva a pedirla en matrimonio. Y tú, como sigas detrás de ella como cordero tras pastor, vas a quedarte también para vestir santos.