«El imaginador es el que ocupa espacios que nadie ha tocado»
Esa tensión hacia lo inexplorado, esa pasión por destruir el estereotipo, lo repetido, por romper los tópicos y las superficies, ese rechazo frontal de lo simple y lo elemental, de lo conocido y por conocido superfluo literariamente, esa aspiración imperiosa por acceder a mundos desconocidos del sueño y el deseo, esa ambición sin medida por ampliar el mundo real, rehacernos lo perceptible, sumergirnos en lo sorprendente y maravilloso, que es en definitiva la identidad mayor de toda la obra literaria de Pérez Estrada, se basa de manera fundamental en su carácter imaginativo […].
Imaginación, que es cosa diferente de ingenio. Lo imaginativo no es lo ingenioso. Y lo imaginativo quizá sea, con la metáfora, los dos «recursos» literarios sobre los que nuestro escritor estuvo reflexionando con más ahínco y mayor frecuencia a lo largo de su vida.Para Pérez Estrada la imaginación fue siempre el mayor ejercicio de literatura creadora que era posible ejercitar, la mayor expansión liberadora de la inteligencia y la sensibilidad, mientras que el ingenio está prisionero del efectismo, del momento, de la sorpresa, de «lo devaluado, de lo extravagante, lo absurdo y lo escandaloso».
Desde mi punto de vista, flaco favor le hacen a la entidad y valía singularísima de sus textos aquellos estudiosos y críticos que las basan fundamentalmente en lo ingenioso, lo divertido, lo sorprendente y chistoso de su escritura, cuando la grandeza de Pérez Estrada, como creador, radica esencialmente en su sentido imaginativo, en la generosidad de su visión del mundo, en su sorprendente capacidad para estructurar literariamente un tratamiento natural y ordinario de lo extraordinario o ilógico, en su visión impetuosamente dionisiaca por encima de lo lúdico, del divertimiento.
Palabras de Rafael Ballesteros en la introducción a La luz de las palabras, antología de textos de Rafael Pérez Estrada, publicada por el Centro Andaluz de las Letras. (Málaga, 2001).

