No podía decir que no fuera feliz. Era la suya una felicidad cómoda y calentita, como los jerseys a rayas de colores brillantes que le tejía su abuela cuando era niño, la hebra enredada en sus dedos nudosos. Aquellos que, de tanto lavarse, terminaban quedándole demasiado anchos y demasiado cortos, con bolsas en los codos, agrisados y llenos de bolas.