Laurette tuvo que pasar mucho tiempo tras la cortina de seda roja espiando a Luz Celinda, antes de atreverse a pinchar en un tablón tres alfileres de Kobayende que había escamoteado a la bruja y a moldear con cuidado en torno a ellos una delgada figura de cera. Coronó el muñeco con un mechón de cabellos crespos arrancados a Enmanuel en una pelea y lo consagró con fuego, agua, aire y tierra. Después, muy despacio, un algo cada día, fue retirando las agujas hasta que, ante el asombro de la madre y la incredulidad del médico blanco, las piernas muertas del hermanillo comenzaron a sostenerlo y desapareció la nube que le empañaba el ojo izquierdo.
Ahora que Enmanuel camina orgulloso hacia la escuela y aprende a defenderse por sí mismo, Laurette sabe que debe restituir a hurtadillas cera y alfileres –¿qué castigo no tramará Luz Celinda si la descubre como autora del robo?– ; pero cada vez que se cruza con el grandullón que los hostigaba mientras ella tenía que llevarlo a cuestas, el que arrojó entre burlas aquella piedra que dejó tuerto al pequeño, decide guardarlas por un tiempito más.



