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18 oct 2018

La pérdida

Fotografía de Vivian Maier

Julia se acomoda en su asiento. Frente a ella duerme una pareja madura. La cabeza de la mujer traquetea abandonada en el hombro de su compañero. Julia, con disimulo, los contempla. Después de tres matrimonios, ninguno duradero, sabe que no está hecha para compartir una vida; sí momentos, intensos tal vez, pero pasajeros. Se conoce y se acepta, pero a veces siente envidia de quienes son capaces de recorrer juntos su camino. Abre un libro. Se concentra en la lectura hasta que una sacudida del vagón la hace levantar la vista. Sus vecinos también la han advertido: ella se agita en sueños y él, sin despertarse, con la precisión que da la costumbre, le pasa el brazo detrás de los hombros y la estrecha contra sí. A través de la ventanilla la luz vespertina baña de placidez sus rostros.

El tren comienza a desacelerar. La mujer abre los ojos. Su expresión se tiñe de sorpresa e, inmediatamente, de azoro.

−Disculpe, por favor… es que…

−Nada que disculpar, señora −responde él, sobresaltado−. Espere, le bajo la maleta.

Julia la ve salir, sonrojada, nerviosa, recién expulsada del paraíso. Después mira al hombre un instante, lo justo para ver cómo lo estremece una desolación infinita.

Este relato, inspirado en la fotografía de la norteamericana Vivian Maier, ha sido seleccionado para formar parte del libro recopilatorio de ENTC 2018. 😊😊 

2 jul 2018

Román Martín Rueda

Cementerio de Luengo de Sayago

Román Martín Rueda


1907-1936


Desde que le mataron al marido, la Emilia empezó a acercarse a la iglesia. Al principio furtivamente, casi a escondidas, como si guardase más lealtad a las ideas del muerto que al cariño indudable que aquel había sentido por el gemelo que se le había hecho cura después de haber fundado con él la sede del partido socialista en Valdesierra del Sabinar. Más tarde, cuando la tisis se empecinó en los pulmones de Don Celestino, la Emilia olvidó los prejuicios y se instaló en la parroquia. Y buena sustancia debían tener los caldos que le preparaba –pensaron los feligreses– porque cuando el enfermo reapareció después de unos meses, arrastrando una palidez de cirio, la tos había desaparecido. 

Hasta la muerte del párroco, allá por el cincuenta y siete, la Emilia siguió cuidando de su casa, y algo de su sentido práctico parecía haber calado en aquel bendito, que, aunque seguía predicando como un San Juan Crisóstomo, abandonaba a veces sus oraciones para interceder ante el obispo y el gobernador, volviendo al pueblo con algunas conquistas, magras al principio, mayores cuando pasó lo más duro de la posguerra: la rebaja en la condena de algún hombre enfermo, la beca para un chiquillo bien dotado, la primera escuela, el asfaltado de la carretera. El día del entierro la Emilia intentó malamente disimular un dolor de hembra que le subía del vientre y le apretaba la garganta como una soga. Alguno hubo que quiso manchar el buen nombre de los cuñados, pero se impuso la fama de santidad del sacerdote, que fue enterrado con todos los honores en el atrio de la iglesia, a los pies de la patrona, la Virgen del Monte. 

Cincuenta años después llegaron de la capital a exhumar los cadáveres de los fusilados del 19 de julio para darles una sepultura digna. El de Román Martín, el alcalde republicano, apareció junto a la tapia del cementerio, un poco retirado de los otros doce. La Emilia, nonagenaria y temblorosa, reconoció la alianza que llevaba grabados los nombres y la fecha de la boda y, mientras revivía la angustiosa muerte de aquel hombre, aseguró que no eran necesarias pruebas ningunas. Salvo ella, nadie llegó a saber que el agujero que habían tenido la precaución de hacerle en el cráneo no era de bala, sino de berbiquí; ni que aquel muerto había logrado esconder a su marido en la cripta de la iglesia durante cinco años; ni que le había dado clases de teología hasta que la tuberculosis le arrancó el último suspiro; ni que los remordimientos por el sacrilegio que cometía le estuvieron rondando hasta que la propia Emilia, atea hasta las cachas, lo convenció de que un Dios que había creado el amor y la vida comprendería, por encima de todo, que se los regalase a su hermano y a ella.

Cuento finalista en el X Concurso de Relatos Escritos por Personas Mayores

7 ene 2018

De cacería




Manuela es una amante recatada, nada que ver con la mujer que escudriña los estantes y revuelve los contenedores. Mil veces me lo ha prohibido, pero, al llegar las rebajas, la sigo a escondidas disfrutando del andar sinuoso, los labios palpitantes que dejan escapa un hilillo de saliva, los pezones enhiestos, la humedad que −presiento− resbala por sus muslos. Cuando finalmente se dirige al probador me uno a ella con naturalidad fingida y, tras la puerta cerrada, se me entrega anhelante mientras engarfia los dedos en la seda, el lino o el poliéster. 

La dejo arreglándose torpemente y me ocupo de pagar las prendas arrugadas que lavará y planchará cuidadosa para poder devolverlas. Aceptar el regalo, masculla contrariada, sería comportarse como una puta.

16 abr 2017

Apocalipsis

Flores, romance, libro, de Jean-Baptiste Armand Guillaumin


De entre las maravillas que ofrecía el buhonero francés, eligió Antón de Fente un grueso volumen de tapas de cuero que contenía, según explicó el gabacho con sus erres arrastradas, las profecías que anunciaban el destino de la humanidad y la descripción detallada del fin de los tiempos. Recién llegado de la feria de Monterroso, antes de que Manueliña tuviera tiempo de preguntar qué había mercado a cambio de las dos vacas cachenas, se sentó Antón junto al fuego y pasó la noche leyendo. El amanecer lo sorprendió aún junto al hogar, con el rostro demudado y la cabeza blanca de canas repentinas. No hubo desde entonces romería ni baile que le levantaran el ánimo y ni siquiera la sonrisa desdentada del hijo lo sacaba de la melancolía.

Abría y cerraba Manueliña el libro buscando un remedio para las tristezas de su hombre y, como no viera más que páginas en blanco, acudió a su vecina Martina de Neves, que había sido artista de variedades, para que le enseñase a leer. Era la moza despabilada y pronto leyó de corrido las novelas galantes que guardaba Martina en el baúl de los viajes y aprendió a escribir con la letra inclinada y algo picuda con las que la cupletista había firmado sus contratos en el Kursaal, pero por más que escudriñaba el libro de las profecías, no encontraba en él trazas de signo alguno. Intentando conjurar los males del marido, escribió en la primera página una oración a Santa Brígida, que tenía reputación de milagrera. Como algo mejoró Antón, se fueron sucediendo las copias de jaculatorias y letanías. Acabado el repertorio sagrado, añadió Manueliña la letra de la primera canción que bailó con Antón en la romería de San Bieito, la receta de pulpo a la mugardesa de la fonda de Monterroso, la de rosquillas de huevo, los poemas de amor que un marinero andaluz le había escrito a Martina en hojas de papel rayado y que a Manueliña le ponían los ojos soñadores, la fórmula de un emplasto para curar sabañones y la de una preparación para limpiar el cobre del velón. Así, en tanto que las páginas se cubrían con la caligrafía cada vez más suelta de la muchacha, iba Antón olvidando sus penas y aprendiendo de nuevo a sonreír. Y si alguna vez lo sorprendía Manueliña contemplando cabizbajo las páginas que aún quedaban por completar, le pedía mimosa que andase a las colmenas. Mientras se le ocurría qué otra cosa escribir, freía filloas de harina borona y lo esperaba para enmelarlas juntos.


4 jul 2016

Noches de amor fantasma

Otto Dix, Soldado herido
La guerra se lo devolvió manco y con las cuencas vacías: un hombre huraño que nada tiene que ver con el que se marchó prometiéndole volver sano y salvo. Tan solo algunas noches, aquellas en que las lágrimas desbordan los ojos de los que carece, él vuelve a acariciarla, despacio, tiernamente, con el brazo que le falta.

2 sept 2015

Naufragio

Ilustración de Anton Marrast



Él la amaba, su melena enmarañada de algas, la piel tostada, el perfume a salitre.

Ella lo amaba, la tierna firmeza de sus manos,  su afán por protegerla de todos los peligros, el calor de su pecho en la noche.

Se instalaron en el octavo piso de un moderno edificio con vistas a la playa.

A ella el apartamento le quedaba pequeño. Empezó a tropezar. Con los muebles, con las puertas, con los cristales impolutos.

Él tuvo miedo de que ella se marchara.

Ella no entendía por qué la asfixiaban sus abrazos y sin ellos no podían respirar.

Un día él se olvidó de cerrar las ventanas. Ella tomo impulso y se arrojó al vacío.

Algunos transeúntes la vieron zambullirse en el azul, los brazos extendidos y la cola ondeante. Una lluvia de espuma salpicó de frescor las aceras.


El agente que levantó el cadáver, el juez, el médico forense, solo vieron una mujer. Con la cabeza abierta y dos piernas quebradas.


De hace algún tiempo, un producto de los viernes creativos de Fernando Vicente.

15 feb 2015

Huéspedes

Mujer peinándose, de Wladislaw Slewinski


Ella no tiene maña para recogerse el pelo. Luce una melena pelirroja y agreste que me sirve de nido. A mí, a su profesor de yoga y a un ingeniero en paro. Los tres condenados a entendernos. Cada vez que disputamos por el territorio, se cepilla con furia y salimos despedidos. No te imaginas lo difícil que es volver a conquistarla. Además, nos lo tiene advertido: si seguimos dándole quebraderos de cabeza, se hace un corte a lo garzón.

Cuarto lugar en la Marina de Ficticia de enero de 2015. Jurado: Celia Carnovale.

21 jun 2014

No se estila



Sus mensajes llegan demasiado tarde, para entonces ellas ya se han comprometido para ir al cine, a bailar o de fiesta. Él no se rinde. Aun en la era del whatsapp sabe que un día encontrará una chica que, con el móvil apagado, busque cada mañana en su buzón un poema de amor caligrafiado con tinta violeta.


 Microrrelato ganador en Radio Castellón (semana del 16 al 20 de junio de 2014)

17 feb 2014

Todo son ventajas

René Magritte, Los amantes

De no despegarlos de la pantalla, terminaron secándosele los ojos. Se acabaron los videojuegos. Ahora mi Paco usa el ordenador solo para escribir, ha aprendido a pasear con bastón, a leer en braille y a acariciarme con una pasión ciega.

4 jul 2013

Los buenos días


Una abuela, George Wesley Bellows


Que se arrime un poco más al borde de la cama, le pide, que baje las piernas flaquitas y se ponga de pie con cuidado. Que se asee, que se recoja el pelo con el pasador de concha, que perfile las cejas, se dé un toque de carmín y otro de colorete. —¡Guapísima!  —susurra rozándole los labios con un beso—, me voy antes de que nos descubran. 

Mientras su difunto Martín escapa a través de la pared, la auxiliar entra en la habitación preguntándose, como cada mañana, de dónde saca fuerzas la de la 127 para arreglarse sola y cómo consigue, pese a sus achaques, mantener la coquetería de la sonrisa.

15 jun 2013

Otra


Ana Matías

La primera vez fue una mañana de ojeras, alargó su mano tímidamente y me recogió el pelo, dejando al aire varios mechones, con una gracia de la que yo siempre he carecido. Se fue atreviendo con la barra de carmín, un toque de rímel y los pendientes de turquesas que no había sacado de la caja desde que me los regaló mamá. Un día, tras obligarme a quitarme los vaqueros, me mandó de regreso al dormitorio. Volví con el vestido de licra estampado, el que nunca me puse porque se ajusta demasiado. Me regañó y, no sé por qué, le hice caso: en dos semanas de yogur y gimnasio el vestido se me ceñía al cuerpo sin marcar una arruga. Sonríe con una coquetería que a mí me avergüenza y ha conseguido que la mano de Mario me busque de nuevo entre las sábanas. Pero yo no me engaño, bien sé que a él no le importo. La que le gusta es ella, la chica del espejo.

Esta es mi participación de este mes en Esta noche te cuento, el tema de junio es "En el espejo".

2 jun 2013

Pecados de la carne

Francisco de Zurbarán, Santa Águeda

Oculta su piel joven a los ojos de los hombres. Suprime los espejos para evitar contemplarse. Aún así, sabe de su hermosura; y cuando piensa en el Amado, omnipotente, ubicuo, capaz de contemplarla desnuda en alma y cuerpo, se entrega fervorosa a las fantasías de la seducción.

Este micro lo publiqué hace tiempo en El microrrelatista y no lo había traído por aquí. Me he acordado de él porque ahora mismo me voy a ver la exposición Santas de Zurbarán en el convento de Santa Clara de Sevilla.

26 abr 2013

Oportunista

“¡Ojalá consiga que deje de hacer el indio!”, pensábamos Sara y yo. Mamá había perdido quince kilos, empezó a maquillarse y a ponerse las camisetas ajustadas de mi hermana. No sirvió de nada. Papá siguió volviendo de madrugada, gastando lo que no teníamos y tirándole los tejos a sus amigas hasta que ella le pidió que se fuera de casa. 

El que hace el indio ahora es el vecino del cuarto. Todos los días se le olvida algo. Llama a la puerta tan flojito que casi ni se oye. Cuando abre mamá se le emboba la sonrisa y, tartamudeando, le pide sal, un limón o una cabeza de ajos. 

Un despojillo ReCiclado.

15 mar 2013

Constante

"Y restos de lágrimas en las mejillas", anota mecánicamente, sin prestar atención a lo absurdo del hecho. Un instante después, la mujer contempla cómo dos gruesas gotas surgen de las cuencas vacías. Aterrada, abandona el pincel con el que lo limpiaba de restos de tierra y raicillas y recoloca el cráneo en su lugar. Un temblor estremece el conjunto de huesos. Cuando la paleontóloga, atribuyendo la visión al cansancio, abandona el laboratorio, la falange carcomida de un índice restaña el llanto del pómulo de su compañera y los amantes, estrechando su abrazo de siglos, vuelven a descansar en paz.


Aunque estuvo cerca no pudo ser, dos votos a favor y tres en contra me descabalgaron de ser ganadora semanal en ReC,  pero me lo pasé de bien... Mi familia crúcida siguió el programa y lo comentó por WathsApp a tiempo real, mis despojados colegas microrrelatistas me animaron en el Face y mis amigas del grupo literario "Se me paren los pulsos" (porque nosotras somos mucho de doña Concha Piquer) me dieron todo su cariño. Otra vez será, pero que me quiten lo bailao. A continuación se puede escuchar el audio del programa, con la lectura de los tres relatos finalistas y la votación

11 mar 2013

Otelo en el museo 2


Otelo en el museo ha sido uno de los relatos seleccionados del mes de febrero en el concurso Esta noche te cuento junto a textos de Gabriel Bevilaqua, Ana Fúster y Raúl Ariza. Como no lo había publicado en el blog lo hago ahora, en una versión ligeramente más extensa que la que participó en la convocatoria. Agradezco al jurado el reconocimiento y a JAMS la organización de un concurso que cada vez tiene más éxito de participación.

Gonzalo Bilbao, Una muchacha con mantón (Museo Carmen Thyssen de Málaga)
 y La Toilette (Museo de Bellas Artes de Sevilla).


Otelo en el museo


Nunca debimos llevarla a sala XIX. No correspondía a la misma época que el resto de los cuadros y su figura casi infantil, envuelta en los delicados tonos de la seda, desentonaba entre aquellos militares de casacas chillonas y sables al cinto. Sin embargo, el director fue inflexible: había que liberar espacio para la exposición temporal y Una muchacha con mantón era un reclamo demasiado atractivo para relegarla a los almacenes. Procuré tranquilizarla con palabras y caricias furtivas, pero cuando a las ocho terminó mi turno su carita pálida seguía deformada por el miedo.

El estruendo tuvo que ser horrible, solo la maldita costumbre de llevar los auriculares tapando los oídos explica que el vigilante de noche no lo oyera. Lucharon por ella como lobos en celo. Cuando llegué, el rojo de la sangre dejaba regueros en los lienzos de los vencidos y el triunfador se erguía en el suyo con el aire arrogante de quien conquista un territorio. La prisa por recuperar su lugar le había hecho olvidar el arma sobre un banco y llevaba desabrochada la bragueta. Entonces la vi a ella. Aún no se había puesto la camisa, pero se recolocaba, coqueta, la flor del pelo. Las mejillas se le habían coloreado y una sonrisa satisfecha borraba de su cara la inocencia antigua. De los demás  juro que soy inocente, pero los dos últimos sablazos, esos si fueron míos. 

8 feb 2013

Efímeras

Pablo Picasso, Mujer desnuda sentada contemplando a un hombre dormido


La luz traza renglones en tu cuerpo desnudo. Mis caricias dibujan las palabras que no me atreveré a decirte si despiertas.



31 jul 2012

Paraíso de amor


Henry Edmon Delacroix Cross, El naufragio



Mr. Smith alcanza la playa. Con sus últimas fuerzas carga el cuerpo desmayado de Amanda, la bella vocalista de la orquesta, hasta depositarlo bajo los cocoteros. La isla los recibe umbría, fértil, preñada de aventuras, y Mr. Smith empieza a dar por bien empleados los gastos del crucero, capricho de su esposa que terminó en desastrado naufragio. De repente su flamante dicha se empaña: en dirección a la playa y sobre un colchón hinchable, el orondo cuerpo de Mrs. Smith se perfila en el horizonte.

Haciendo visera con su mano derecha Mr. Smith ve cómo, tras el colchón, aparece el fornido monitor de gimnasia acuática, quien ayuda a Mrs. Smith a incorporarse y la guía, entre arrumacos, hacia el bosquete de cocoteros.

Mr. Smith se debate entre la incredulidad y unos tibios celos hasta que el despertar de Amanda lo devuelve a la felicidad. Felicidad que durará el tiempo que tarde en advertir la emoción que chispea en los ojos de la joven y en los de su mujer al descubrirse de nuevo juntas, sanas y salvas.

25 jul 2012

Emboscada

Jim Dine

Nunca debí abismarme en aquellos ojos negros. Los párpados cayeron de improviso y no contemplo el mundo más que a través de los barrotes curvos que forman las pestañas.


1 jun 2012

Miércoles de ceniza

Fausto Olivares, Carnaval veneciano


Arrodillada en el reclinatorio, la condesa se pierde en devociones. Junto a ella el conde, recién despojado de tabardo, máscara y tricornio, contempla, entre vapores de incienso, los doloridos estremecimientos del joven oficiante. Pese a la gloria del todopoderoso rival, no duda que las próximas carnestolendas sus dedos triunfantes volverán a arrancarle el disfraz de mujerzuela y se demorarán recorriendo nuevas marcas rosadas, las huellas que la contrición y el cilicio dejan, año tras año, en la cintura del amante vencido. 

El mes de marzo en la Marina fue de carnavales y tuvimos una jurado de lujo, Luisa Valenzuela.  Los tres textos galardonados, así como las numerosas menciones se pueden leer en el Arca Ficticia.

30 abr 2012

Terapia conductual



Cuando empezaron los primeros achaques pensó que no podría vivir sin él y, por primera vez, lamentó haberse casado con aquel buen hombre que le sacaba casi veinte años. La localización de la sepultura —en la zona más transitada del cementerio, soleada en invierno, fresca en verano—, su empeño en mantenerla aseada y cubierta de flores y la paz que encuentra al desgranar allí cada tarde sus pequeñas cuitas han contribuido a que Doña Celia acepte la situación. Solo falta, para organizar el solemne funeral con que sueña, que su querido, futuro difunto se decida por fin a morirse.


Esta fue mi participación en el estupendo concurso En 99 palabras organizado por Miguel Molina, en cuyo blog (En 99 palabras) se pueden leer lo microrrelatos ganadores.