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4 dic 2011

Defensa de la literatura plebeya

De un tiempo a esta parte el microrrelato, género literario que goza de una tradición más larga de la que se le supone con frecuencia, se está convirtiendo en género de moda: hay editoriales que le prestan atención en sus catálogos, se publican estudios académicos rigurosos, se convocan innumerables concursos y aumentan sus cultivadores, muchos de los cuales, al no tener acceso a la publicación en papel, recurren a la digital y dan a conocer sus obras en bitácoras propias o revistas digitales diversas.

Esta proliferación de microrrelatos y microrrelatistas ha llevado a algunos escritores y estudiosos como Orlando Romano, Antonio Serrano Cueto o Xuan Folguera a plantear si el género no estará muriendo de éxito: mucho de lo que se publica en la red carece de calidad, en algunos concursos se eligen textos de escaso o nulo valor literario y, según el primero de los autores citados, incluso a los congresos (parece ser que convocados en países americanos) acceden escritores de tres al cuarto a leer su obra y satisfacer su ego con el aplauso de un público cautivo.

Me resulta curioso que se considere que el microrrelato se degrada porque algunos autores publiquen textos “lamentables” bajo su denominación. ¿Está la poesía en decadencia porque los adolescentes escriban ripios en sus cuadernos? ¿Cuántos poemas de ínfima calidad se producen y se difunden por medio de revistas digitales o en papel? Probablemente habrá más cultivadores de poesía que de microrrelatos y sin embargo nadie decide, por ello, cuestionar el género. Tampoco se cuestiona la novela aunque gran número de las que atiborran los mostradores de novedades carezcan de un mínimo de calidad; será, tal vez, porque a favor de sus autores siempre estará el hecho de haber dedicado largas horas de vida a su proyecto literario. ¿Son impecables los fallos de los jueces de los numerosos concursos de novela, relato o poesía que se convocan infatigablemente a nivel local, regional, nacional o internacional?

Es cierto que acercarse al microrrelato puede parecer fácil, aunque dominar sus reglas no lo sea tanto y escribir algo original, que explore y amplíe sus límites, lo sea aún menos. Es cierto hay quien denomina microrrelatos a textos breves que nada tienen que ver con ellos. También lo es que en la mayoría de los talleres literarios se propone la creación de microrrelatos porque se adaptan especialmente a una escritura rápida y facilitan la corrección por parte del profesor; los textos breves permiten a los aprendices acercarse con una aparente facilidad a la escritura literaria. Ahora bien, la literatura tiene una intención estética, pero también una función lúdica y expresiva para el que la practica. Si un escritor disfruta con lo que hace y satisface sus necesidades de comunicación y creación, independientemente de la calidad "objetiva" de su producto, ¿quién tiene autoridad para impedírselo? ¿Y quién le prohibirá que, en su búsqueda de lectores, publique su obra en un blog; establezca lazos con otras personas que tengan la misma afición en un fenómeno parecido a los numerosos círculos culturales y literarios que han florecido a lo largo de la historia, plagados de escritores malos o mediocres; o se presente a un concurso en busca de un premio o un reconocimiento?

Mucho se ha hablado sobre las causas del auge del microrrelato (la velocidad del mundo actual, su adaptación a los formatos digitales..), si un género se desarrolla, necesariamente aumentará el número de sus cultivadores menos buenos, buenos, alguno, quizás, extraordinario. Muchos de ellos desearán avanzar, descubrirán que para ello deberán leer textos de autores consagrados, atenderán recomendaciones de los expertos y se convertirán en público lector, tan necesario para que un género goce verdaderamente de buena salud. En este proceso los profesores de Literatura tienen especial importancia, el microrrelato es un género que se adapta bien no solo a los talleres de escritura, sino también a las aulas de primaria y secundaria, pues permite iniciar a los alumnos en una lectura que entraña una cierta dificultad y animarlos a escribir.

No creo que debamos preocuparnos porque “textos pobres y des-generados” producidos por aprendices, o simplemente por malos escritores, caigan en manos de “lectores, periodistas o críticos literarios genuinos” y eso les lleve a despreciar el género. Misión de los críticos que merezcan ese nombre será distinguir el trigo de la paja (aunque equivocaciones garrafales —o cambios en las modas— se han cometido y se cometerán), difundir los textos de calidad que encuentren y, al mismo tiempo, dar a conocer los textos canónicos para que los aficionados al género aprendan a degustarlos.

Bienvenidos sean, pues, al mundo literario todos los escritores de microrrelatos; muchos de ellos se convertirán también en lectores; pocos degustarán lo más excelso del género, la mayoría preferirá lo más digerible; unos cuantos crearán obras interesantes; alguno rozará la genialidad. Como en cualquier otro arte, ni más ni menos. No hay que rasgarse las vestiduras: la abundancia de cultivadores, denota la pujanza de un género, no su decadencia.

Los entrecomillados son citas textuales de Decadencia del microrrelato, entrada del blog de Orlando Romano. (consulta del 4 de diciembre de 2011).

16 sept 2010

Romances y minificción



Los romances son composiciones poéticas de origen medieval que se incorporaron a la tradición oral y alcanzaron una amplia difusión tanto en España como en la América de habla española. Hasta entrado el siglo XX los romances continuaron cantándose, especialmente en las zonas rurales, hasta que los nuevos medios de comunicación provocaron su sustitución por los nuevos tipos de canción popular y los convirtieron en objeto de investigación y estudio de los folkloristas.

José María Merino, en su artículo “De relatos mínimos” ha señalado que el origen remoto del microrrelato en español está en los diversos tipos de relatos brevísimos de la Edad Media (facecias, cuentos, fábulas y apólogos). Los romances, pese a estar escritos en verso y a utilizar algunos recursos propios del lenguaje poético, presentan para el lector actual una mayor modernidad que la prosa medieval —en gran medida porque suelen prescindir del carácter ejemplarizante de ésta— y, en mi opinión, tienen algunos rasgos que pueden parangonarse con la minificción contemporánea.

El investigador Ramón Menéndez Pidal consideraba que los romances tenían carácter épico-lírico y es en esta mezcla de géneros donde se puede apreciar un primer punto de conexión entre el romance y la minificción, caracterizada ésta última también por la hibridación de géneros, pues a su indudable carácter narrativo se une en ocasiones una alta intensidad poética.

En segundo lugar, Menéndez Pidal consideraba que los primeros romances fueron fragmentos desgajados de los antiguos cantares de gesta; se trataba de episodios dotados de esencialidad, de una fuerte intensidad dramática muy del gusto del público que, conocedor del marco en que se encuadraban, deseaba escuchar o memorizaba sólo aquella parte del texto. Ejemplo claro de esto sería el conocidísimo romance de “El prisionero” —que formaba parte de un texto más extenso, con desenlace incluido— en el que en dieciséis versos y setenta y tres palabras se nos narra un mínimo motivo, la pérdida de una avecilla que permitía al protagonista contar los días y que, al ser muerta por un ballestero, le hace perder definitivamente la noción del tiempo y, con ella, tal vez la cordura. Este fragmentarismo conlleva el comienzo in media res, el final abierto —en algunas ocasiones abrupto— y la concentración expresiva, elementos todos que, al igual que ocurre en la minificción, exigen una alta participación del receptor (oyente o lector) para completar los huecos que el texto deja abiertos a su interpretación.

Una última concomitancia que me gustaría señalar es que, así como los autores de minificciones o microrrelatos toman como punto de partida las obras más conocidas de la tradición literaria universal, los romances utilizaban también fuentes diversas, en las que entraban a saco sus compositores. Hay romances procedentes de la Biblia, de la tradición carolingia, de la clásica, de los mitos artúricos, de la historia de España… Todo texto que contuviese un motivo capaz de conmover intensamente a los receptores era susceptible de ser utilizado y reelaborado con suma libertad (aunque sin el carácter eminentemente paródico propio de la minificción contemporánea).

Ejemplificar cada una de las afirmaciones anteriores conllevaría un desarrollo excesivo para estos apuntes, por tanto sólo dejo como ejemplo un bellísimo romance, de origen bajo medieval que bien podría considerarse un microrrelato y que, por su temática, está emparentado con el conocido cuento de procedencia oriental “El gesto de la muerte”.

Romance del enamorado y la muerte

Un sueño soñaba anoche soñito del alma mía,
soñaba con mis amores, que en mis brazos los tenía.
Vi entrar señora tan blanca, muy más que la nieve fría.
—¿Por dónde has entrado, amor? ¿Cómo has entrado, mi vida?
Las puertas están cerradas, ventanas y celosías.
—No soy el amor, amante: la Muerte que Dios te envía.
—¡Ay, Muerte tan rigurosa, déjame vivir un día!
—Un día no puede ser, una hora tienes de vida.

Muy deprisa se calzaba, más deprisa se vestía;
ya se va para la calle, en donde su amor vivía.

—¡Ábreme la puerta, blanca, ábreme la puerta, niña!
—¿Cómo te podré yo abrir si la ocasión no es venida?
Mi padre no fue al palacio, mi madre no está dormida.
—Si no me abres esta noche, ya no me abrirás, querida;
la Muerte me está buscando, junto a ti vida sería.
—Vete bajo la ventana donde labraba y cosía,
te echaré cordón de seda para que subas arriba,
y si el cordón no alcanzare, mis trenzas añadiría.

La fina seda se rompe; la muerte que allí venía:
—Vamos, el enamorado, que la hora ya está cumplida.

En el caso de que alguien desee escuchar la interpretación de este romance, en YouTube pueden encontrarse varias excelentes versiones, entre ellas la del cantautor chileno Víctor Jara, la del folklorista zamorano Joaquín Díaz y la del cantante berciano Amancio Prada, dotada esta última de un intenso dramatismo que se ve reforzado por el uso de la zanfoña como único instrumento de acompañamiento.


Este miniensayo ha sido elegido por Lauro Zabala como ganador del concurso de nerdades del la Marina de Ficticia en el mes de agosto de 2010 y publicado en el blog Ficción Mínima.