15 ago 2012

Furtiva

La biblioteca, Maria Helena Vieira da Silva


Llega los viernes, media hora antes de cerrar, y se demora eligiendo los cuatro títulos que está permitido retirar en préstamo. Desde el mostrador observo cómo procura apurar el tiempo, esperanzada en que, con mis prisas por acabar la jornada, su acción pase desapercibida. Cuando sale por fin, la bolsa de libros en bandolera, me dirijo al tercer anaquel de la derecha donde, entre Los tres mosqueteros y El cuarteto de Alejandría, ha depositado la novela impresa y encuadernada artesanalmente —Las sombras del enigma, por Ángela Duque— que yo, como cada semana, arrojo al contenedor de la basura.

31 jul 2012

Paraíso de amor


Henry Edmon Delacroix Cross, El naufragio



Mr. Smith alcanza la playa. Con sus últimas fuerzas carga el cuerpo desmayado de Amanda, la bella vocalista de la orquesta, hasta depositarlo bajo los cocoteros. La isla los recibe umbría, fértil, preñada de aventuras, y Mr. Smith empieza a dar por bien empleados los gastos del crucero, capricho de su esposa que terminó en desastrado naufragio. De repente su flamante dicha se empaña: en dirección a la playa y sobre un colchón hinchable, el orondo cuerpo de Mrs. Smith se perfila en el horizonte.

Haciendo visera con su mano derecha Mr. Smith ve cómo, tras el colchón, aparece el fornido monitor de gimnasia acuática, quien ayuda a Mrs. Smith a incorporarse y la guía, entre arrumacos, hacia el bosquete de cocoteros.

Mr. Smith se debate entre la incredulidad y unos tibios celos hasta que el despertar de Amanda lo devuelve a la felicidad. Felicidad que durará el tiempo que tarde en advertir la emoción que chispea en los ojos de la joven y en los de su mujer al descubrirse de nuevo juntas, sanas y salvas.

25 jul 2012

Emboscada

Jim Dine

Nunca debí abismarme en aquellos ojos negros. Los párpados cayeron de improviso y no contemplo el mundo más que a través de los barrotes curvos que forman las pestañas.


19 jul 2012

Rescatados

Salvador Dalí, Venus y marinero

Para el marinero de primera Patrick O’Connor lo peor no es el roce áspero del calzón de lino en las caderas, ni las ampollas de los zapatones de cuero en sus pies hechos a la libertad, ni siquiera tener que conformarse con contemplar de lejos a su Janet, la melena salvaje sometida por las tenacillas y la tibia cintura aprisionada por un corsé implacable. Lo peor es oírla vomitar por la borda, a escondidas, y adivinar el motivo que la lleva a azuzar con urgencia los avances amorosos del capitán Longfellow, ese petulante caballero que la conoce tan solo como Lady Jane.

14 jul 2012

Reputación


Arpad Szenes, El archipiélago

Toda isla desierta acoge con alborozo las huellas del primer náufrago que arriba a sus playas. Y las del segundo. Incluso las del tercero. A partir de ahí despertará el recelo de sus congéneres y, si el número se aproximara a la docena, será condenada al ostracismo por accesible y casquivana.

8 jul 2012

29 jun 2012

La invitación del mar

Amaya Espinoza, "Y allí le encontró con tan poderosa fuerza"



A Joaquín Velasco, solanero.

—Mire vuesa merced que otros caminos hay para el retorno. Pues bien pudierais embarcar en una de estas ágiles galeras y marchar a liberar con la fuerza de vuestro brazo a los tristes cautivos que se consumen en los baños de Argel. Piense que no hubo caballero andante que diera mayor prueba de fidelidad a su dama que la que vos daríais al resistir el encuentro con las sirenas sin necesidad de cera que os taponara los oídos ni de cuerdas que os ataran a mástil alguno, sino tan solo por el amor que la sin par Dulcinea os inspira. Más tarde, tras atravesar las columnas de Hércules, os enfrentaríais a los terribles Sargazos que secuestran los veleros y batiríais vuestro brazo con aquellos gigantes patagones, los cuales, derrotados, embarcarían con vos para rendir pleitesía a vuestra señora. Fácil sería, entre tantas como pueblan el Pacífico, que conquistaseis para el fiel Sancho la ínsula prometida. Y ya por fin, emulando al capitán Elcano, bordearíais el cabo que llaman de Buena Esperanza para arribar a la gentil Lisboa y, a través de la Extremadura, llegar a vuestro lugar, donde, cubierto de gloria, cumpliríais la promesa de retiraros por un año que os arrancó el de la Blanca Luna. 

El de la Triste Figura acerca por última vez a su oído la caracola y la arroja lejos de sí. En el silencio de la noche manchega la brisa estremece apenas el mar de los trigales.