8 jun 2017

Amor al arte

Alain Robert


Tras varias semanas de seguirle la pista conseguimos averiguar en qué edificio tenía planeado realizar su actuación. Parapetados entre coches y contenedores de basura, pudimos contemplar cómo ascendía, apoyándose de pies y manos en las mínimas hendiduras de la pared, hasta alcanzar la cornisa del piso 127. Avanzó por ella con un paso tan ágil y elegante que nos vimos obligados a soltar los fusiles para romper en un aplauso entusiasmado. Antes de entrar por la ventana se giró, inclinándose hacia nosotros como si agradeciera el homenaje. Por desgracia esta mañana el noticiario se ha abierto con la misma triste noticia: "Un nuevo crimen del escalador asesino".

27 abr 2017

De manzana a manzana



Dream city, de Paul Klee

La atracción del alero neogótico del palacio presidencial por la cornisa racionalista del Banco de la Nación terminó por provocar una verdadera ruina.

21 abr 2017

Proyecto Celsius

Ana Vidal, en sus viernes creativos, nos propone celebrar el Día del Libro añadiendo volúmenes al Proyecto Celsius. En resumen se trata de escoger una gran obra de la literatura universal y escribir un microrrelato con la premisa de “extraer lo esencial y volverla a redactar desde la perspectiva de la brevedad”. Yo he osado jibarizar (o microrrelatear) La Regenta, entre otras cosas porque hace poco ha caído en mis manos una curiosa novela de Fernando Quiñones, titulada La visita, que narra un encuentro imaginario entre Clarín y Marcel Proust en el que el primero le cuenta al segundo qué fue de Ana Ozores después de los años.


La heroica ciudad dormía la siesta y se atenuaba el rumor de dimes y diretes que durante toda la mañana habían volado desde el Casino a la Catedral, del palacio de Vegallana a la plaza del Pan, de la Encimada al Espolón: que si la hermosa mujer del Regente de la Audiencia había amanecido en brazos de un don Juan apolillado; que si uno de los canónigos estaba más celoso que el propio marido; que si el viejo cornudo había retado a duelo al seductor; que si este había huido como un gallina tras darle muerte a aquel... 

 A oscuras en su alcoba Anita, aquella niña que leía historias de amor con final feliz, la que vendieron como si fuera una res, la que abandonó el amor divino por el humano, lloraba su soledad. El hombre que creyó su príncipe no había dejado entre sus manos más que el tacto viscoso y frío de un sapo.

16 abr 2017

Apocalipsis

Flores, romance, libro, de Jean-Baptiste Armand Guillaumin


De entre las maravillas que ofrecía el buhonero francés, eligió Antón de Fente un grueso volumen de tapas de cuero que contenía, según explicó el gabacho con sus erres arrastradas, las profecías que anunciaban el destino de la humanidad y la descripción detallada del fin de los tiempos. Recién llegado de la feria de Monterroso, antes de que Manueliña tuviera tiempo de preguntar qué había mercado a cambio de las dos vacas cachenas, se sentó Antón junto al fuego y pasó la noche leyendo. El amanecer lo sorprendió aún junto al hogar, con el rostro demudado y la cabeza blanca de canas repentinas. No hubo desde entonces romería ni baile que le levantaran el ánimo y ni siquiera la sonrisa desdentada del hijo lo sacaba de la melancolía.

Abría y cerraba Manueliña el libro buscando un remedio para las tristezas de su hombre y, como no viera más que páginas en blanco, acudió a su vecina Martina de Neves, que había sido artista de variedades, para que le enseñase a leer. Era la moza despabilada y pronto leyó de corrido las novelas galantes que guardaba Martina en el baúl de los viajes y aprendió a escribir con la letra inclinada y algo picuda con las que la cupletista había firmado sus contratos en el Kursaal, pero por más que escudriñaba el libro de las profecías, no encontraba en él trazas de signo alguno. Intentando conjurar los males del marido, escribió en la primera página una oración a Santa Brígida, que tenía reputación de milagrera. Como algo mejoró Antón, se fueron sucediendo las copias de jaculatorias y letanías. Acabado el repertorio sagrado, añadió Manueliña la letra de la primera canción que bailó con Antón en la romería de San Bieito, la receta de pulpo a la mugardesa de la fonda de Monterroso, la de rosquillas de huevo, los poemas de amor que un marinero andaluz le había escrito a Martina en hojas de papel rayado y que a Manueliña le ponían los ojos soñadores, la fórmula de un emplasto para curar sabañones y la de una preparación para limpiar el cobre del velón. Así, en tanto que las páginas se cubrían con la caligrafía cada vez más suelta de la muchacha, iba Antón olvidando sus penas y aprendiendo de nuevo a sonreír. Y si alguna vez lo sorprendía Manueliña contemplando cabizbajo las páginas que aún quedaban por completar, le pedía mimosa que andase a las colmenas. Mientras se le ocurría qué otra cosa escribir, freía filloas de harina borona y lo esperaba para enmelarlas juntos.


15 abr 2017

Hijo de Leví

Procedencia de la imagen

A Primo Levi, en el 30 aniversario de su muerte

Permanecían congelados en su memoria, hoy los hundidos vienen a buscarlo. Sus piernas enflaquecidas avanzan entre la niebla helada. Ya no siente vergüenza, ha vivido para dar testimonio. Y, arrojándose al abismo de 42 años, se suma a la columna que desde Auschwitz marcha hacia el oeste.

20 mar 2017

Casquería

Fotografía de Catarina Nico

El carnicero le reserva buenas piezas que ella limpia con esmero de restos y telillas. Sobre la mesa el tarro de pimienta molida, pimentón de la Vera, las hojas de laurel, vino blanco de Rueda y una copita de jerez seco. El ajo, la cebolla en juliana y del paquete de harina de maíz, un par de cucharadas para espesar las salsas. Hace cocer los guisos a fuego lento, con suaves borboteos que esparcen por la cocina un olor denso y montaraz. Primero sirve hígado, de ternera, para que él calme el hambre y deguste con placer los demás platos. Después trae corazón, el suyo, entero y apenas aliñado. El hombre lo trocea meticuloso con el borde afilado del cuchillo, lo revuelve en la salsa, lo olisquea y le manda retirar el plato sin probarlo. Prefiere dejar sitio a los riñones, de cerdo, su plato favorito.

Este microrrelato, con la bella fotografía que lo ilustra, apareció en abril del año pasado en el blog de la revista literaria Zoque.

4 mar 2017

Amistad




Se lo repetí, a los tres, una y mil veces. Que le dieran una oportunidad, que el amor lo había cambiado, que comer, solo me comía a besos. A regañadientes, los dos mayores vinieron a la boda. El pequeño, que siempre fue el más listo, dijo que no pensaba ser testigo de aquel disparate. Por eso le agradecí que, cuando me refugié esta mañana en su casita de ladrillo, con la caperuza desgarrada y el ojo morado, se limitara a curarme y a secarme las lágrimas. Que ni siquiera en la mirada se le escapase un “te lo había advertido”.

Escrito para los Viernes creativos, de Ana Vidal.