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| Mercado de la calle Feria (Sevilla) |
Viene casi a diario, sobre media mañana, aunque al pasar por caja lleve la cesta casi vacía —unos yogures desnatados, media docena de huevos, una bolsa de pan de molde, cosas así— y, siempre, su cuarto y mitad de hígado de ternera. En la cola de la carnicería nos cede el puesto amablemente. Pase usted, señora, no tengo prisa, es lo único que le oímos decir, casi en un susurro.
Todas piensan que es un muchacho tímido, con una educación de otros tiempos; ninguna parece darse cuenta de que, durante esa espera que prolonga todo lo que puede, su mirada no se despega de las manos de Amparito mientras estas cortan, pican y filetean las piezas de carne sanguinolenta. A la muchacha sí que parece afectarle, últimamente le noto un temblor nervioso cuando él está delante y ayer sin ir más lejos, pese a la destreza con la que siempre ha manejado el cuchillo, se hizo un buen tajo en la base del pulgar derecho. Sólo ella y yo nos dimos cuenta de cómo, a la vista de la sangre que manchaba la pieza de lomo, el chico sacaba la punta de la lengua y humedecía, con deleite, sus labios finos.