La miel en los labios I
Durante dos horas las sonrisas —dulces, pícaras o melancólicas— han ido alternándose en su rostro. Mientras tanto, las luces de los focos la acariciaban y el objetivo de mi cámara recién estrenada le lamía los muslos, las caderas, los pechos pequeños. Le hice sustituir los vaqueros ceñidos por una mínima camisola de seda y al fin, entre risas, sembramos de gominolas su cuerpo desnudo. Esas gominolas que, terminada la sesión fotográfica, empezaba a retirar con mis labios una a una cuando oímos el giro de la llave en la cerradura. ¡Hostias, mis padres!, farfulla entre dientes. Una granizada de colores rebota en el parquet del salón.
La miel en los labios II
Dedicado a Cienfuegos, con mi agradecimiento por sus sugerencias.
Acepté posar para él sin reticencias. Era el tipo de hombre que inspira confianza, el camarada al que se cuentan desamores, tiñendo de frivolidad la amargura. Tendrá que ser en tu casa, me dijo, mi estudio está manga por hombro.
Ahora lo observo colocar las fotos, meticuloso, y disfruto de la luz cálida que me envuelve mientras él empieza a manipular la cámara. Se concentra, la punta de la lengua sobresale de sus labios bien dibujados, como la un chiquillo que se enfrentara a una página de multiplicaciones. Sus manos, de dedos largos y finos, hacen crecer o disminuir el objetivo con movimientos precisos. Soy yo la que le propone sustituir los vaqueros por el vestido escotado; él el que descubre los caramelos sobre la repisa, me arranca el vestido y, entre risas, los derrama sobre mi cuerpo desnudo. Inmóvil e impaciente, oigo un clic, y otro, y otro, hasta que deja al fin la cámara a un lado para acercar la boca hasta mi cuello. Y, justo cuando sus dientes retiran el primer caramelo, oímos girar la llave en la cerradura y un Mami, hoy no hay clase de karate resuena en el salón. La lluvia de colores salpica la alfombra. Desde la puerta, Jaime nos mira de hito en hito antes de lanzar un grito desconsolado: Pero, ¿qué estáis haciendo con mis gominolas?