El hombre me saluda con una inquietante sonrisa. La mujer, a su lado, exhibe una pálida belleza y una melena color ala de cuervo. Con mi inglés balbuceante les agradezco que hayan venido a recibirme al aeropuerto en plena madrugada. Los tres niños saltan en torno a mí, alborozados, y en su espontánea alegría olvidan esconder los colmillitos puntiagudos. En el carruaje que nos conduce al que será mi hogar durante nueve meses empiezo a pensar que tal vez encuentre problemas más graves que el de la calidad de la comida –que tanto preocupaba a mamá– mientras el pequeñín, encaramado en mis rodillas, se empeña en seguir olisqueándome el cuello.
9 may 2010
5 may 2010
Fetichismos
El bargueño de roble tallado que heredó de su abuela contrasta con la funcionalidad impersonal del resto del mobiliario, pero se había negado en redondo a abandonar su casa si no lo llevaba consigo y no hubo más remedio que hacerle un hueco en la habitación. En cuanto tiene un momento de intimidad introduce la llave en la cerradura, abate la tapa y desparrama sobre ella el contenido de los cajones: el primer zapatito de Enrique, el mayor; los recordatorios y las fotos de primera comunión; la última carta a los Reyes que escribió Jaime y el clavo que ayudó a soldar la rotura de su codo –siempre fue el más inquieto–; las dos trenzas –pajiza la de Piluca y negra, rizada, la de Merceditas–; los cuatro paquetitos de papel de seda que encierran cuatro colecciones de dientes de leche… Y antes de volver a colocar, cuidadosa, cada cosa en su sitio, se sorprende al encontrar en el cajón inferior de la izquierda, atadas con una cinta roja, las felicitaciones de Navidad que le envían –el teléfono nunca le gustó y menos ahora que está dura de oído– esos señores tan amables que vienen a verla de vez en cuando y que, coincidencias de la vida, dicen que se llaman igual que sus niños.
Imagen: Hombre con cajones (1934), de Salvador Dalí
Imagen: Hombre con cajones (1934), de Salvador Dalí
30 abr 2010
Letraheridos
Libro de una tarde de otoño, de Ricardo Espiau
Según creemos saber, la literatura es reflejo de la realidad. ¿No será que la realidad es un reflejo de la literatura? De no haber leído esta historia tantas veces hubiese pasado de largo, sin reconocerte. Escucho tus palabras, ecos de las que tantas veces encontré en los libros; contemplo tus gestos, tu cuerpo desnudo, con los ojos de quien ya te hubiera visto. Te acaricio y las manos me tiemblan como las de los jóvenes poetas.
26 abr 2010
451º F
Dedicado a Esperanza García Guerrero, poeta e infatigable
presidenta de la Asociación Personas Libro de Sevilla.
El dragón fue destinado a la brigada quemalibros. Cuando comprendió que así firmaba su sentencia de muerte, en vez de fuego escupió agua.
presidenta de la Asociación Personas Libro de Sevilla.
16 abr 2010
Aficiones fugaces
Él no comprendía cómo, antes de conocerla, no había apreciado las variadas costumbres de aquellas criaturas aladas, de vivos colores y formas caprichosas. Ella no se cansaba de escuchar sus relatos de señores feudales, pestes, cruzadas y guerras de nombres sonoros –de las Dos Rosas, de los Cien Años- encontrándolos llenos de una belleza cruel. Al par que sus vidas, en su biblioteca se confundieron en alegre desorden los tratados de Ornitología y los tomos de Historia Medieval.
Dos años después, al repartir los libros, ninguno de los dos dudó a quién pertenecía cada uno. Él odiaba los pajarracos. A ella la aburrían las batallitas.
12 abr 2010
Felicidad
5 abr 2010
Barreras infranqueables
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