
El bargueño de roble tallado que heredó de su abuela contrasta con la funcionalidad impersonal del resto del mobiliario, pero se había negado en redondo a abandonar su casa si no lo llevaba consigo y no hubo más remedio que hacerle un hueco en la habitación. En cuanto tiene un momento de intimidad introduce la llave en la cerradura, abate la tapa y desparrama sobre ella el contenido de los cajones: el primer zapatito de Enrique, el mayor; los recordatorios y las fotos de primera comunión; la última carta a los Reyes que escribió Jaime y el clavo que ayudó a soldar la rotura de su codo –siempre fue el más inquieto–; las dos trenzas –pajiza la de Piluca y negra, rizada, la de Merceditas–; los cuatro paquetitos de papel de seda que encierran cuatro colecciones de dientes de leche… Y antes de volver a colocar, cuidadosa, cada cosa en su sitio, se sorprende al encontrar en el cajón inferior de la izquierda, atadas con una cinta roja, las felicitaciones de Navidad que le envían –el teléfono nunca le gustó y menos ahora que está dura de oído– esos señores tan amables que vienen a verla de vez en cuando y que, coincidencias de la vida, dicen que se llaman igual que sus niños.
Imagen: Hombre con cajones (1934), de Salvador Dalí