Capitel de la colegiata de Alquézar (Huesca)
La serpiente me quedó demasiado gorda, en el centro, sacando la lengua partida. Adán y Eva me habían salido mejor, desnudos, tapándose sus partes con las manos. Ya nadie encarga las pinturas de los milagros para dejarlas en las iglesias, prefieren fotografías, y los zapatistas han ahuyentado a los turistas, así que los doscientos pesos que me dio la señora me cayeron como del cielo. Era un capricho que tenía desde chiquita, me contó, de cuando estudiaba el catecismo. Aquella noche les dimos a los niños tamales de pollo y durmieron con la panza llena.
Cuando, a los pocos días, le picó a la doña la víbora barba amarilla mientras sembraba fríjoles en la milpa y el veneno la mató, maldije mi mala suerte; la chingaste, viejo, pensé, no vuelves a vender ni uno. No podía imaginar que empezaría a tener más encargos que nunca. Siempre Adán y Eva saliendo del Paraíso. No olvides la serpiente, me decían. De repente todos tenían suegras, cuñados, hermanos o vecinos a quien regalar cuadritos.