18 ago. 2015

Lluvia en el camino

Procedencia de la imagen


Descargaba el cielo gotas como garbanzos cuando el comisario de abastos buscó refugio en una venta que distaba tres leguas de Almuradiel. Y acercándose, comenzó a oír un gran revuelo en el patio, donde la ventera sujetaba a una moza que, desnuda como su madre la parió, porfiaba por liberarse entre las risotadas de los huéspedes. Gritaba la muchacha entre sollozos que la lluvia le volvería el oro que había tenido su pelo cuando niña, y la blancura de la piel que le robaba el sol durante las siegas de agosto, y la color de las mejillas, y la doncellez que le arrebatara, dos semanas atrás, un arriero que la había forzado en el establo.

Llegose el viajero hasta la moza, se inclinó en una reverencia, la cubrió con su capa y la entró en la venta. Después, sentándose con ella junto al fuego, la secó y la peinó con dificultad, porque era manco de la izquierda, y entre dulces coloquios pasaron la noche. Al rayar el alba se despidió besando su mano como si de una princesa se tratase.

Dicen que el comisario luego la sacó en unos papeles. En la venta nunca se enteraron, porque él le puso por nombre Dulcinea y allí solo la conocían como “la Remojada”.


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