26 ene. 2014

De lo que Don Miguel de Cervantes, puesto ya el pie en el estribo, trató con el escudero Sancho Panza

Sancho Panza, de Eleazar

—Atienda vuestra merced, señor Don Miguel, mire que las desgracias nunca vienen solas, que a pares y aun a cientos las trae el diablo. Todavía estaba caliente el cuerpo de mi amo cuando supe que Sanchica había escapado al monte en guisa de pastora por no sé qué nuevas que le llegaron de cómo la hermosa Marcela vive allí a su albedrío. Y dice la muchacha que no quiere pierna quebrada, casa, ni marido que la sujete, sino triscar por el monte y cuidar de sus cabras, y no consiente ni oír hablar del amor, pues por algo lo pintan ciego. Seguro estoy de que vuestra merced podría por su pluma procurarle un mozo con la gallardía de don Florismarte y la figura de don Amadís, que por los ojos entra el cariño como el yantar, unidas al ingenio y la firmeza de mi señor don Quijote, para que la regale y contente como ella merece. Póngase vuestra merced pronto a ello, que anda muy desmejorado y a mí, ida con mi amo la ilusión de la aventura, no me queda otra que la de vivir reposado junto a Teresa y esperar que los nietezuelos brinquen sobre nuestras rodillas y nos llenen de alegría la vejez.

—No os preocupéis, Sancho amigo, que no habrá para mí tarea más alta que la de favoreceros. Mas tened cuidado, no llegue el encargo a oídos de mis hermanas, ni a los de mi sobrina Constanza o mi hija Isabel. Bien hubiere yo querido pergeñar para cada una un paladín que les defendiese la honra, que de boca en boca van todas burladas con el mal nombre de las Cervantas. Pero, desta mi orilla del mundo, buen Sancho, no hay quien nos enmiende las historias, salvo Dios si le pluguiere, mas paréceme que no le place.

Relato finalista en el III Concurso de Relatos Punto de Libro, que se fallará el próximo mes de febrero.

18 ene. 2014

Microrrelato al minuto

Granada de mano estilo grunje, Oleksandr Melnyk

Dentro de un mínimo envoltorio introducir los ingredientes justos para que, al tirar de la anilla del título, le estalle el final entre las manos. Y aspirar a que, cuando el lector se cure de la herida, aún queden dentro fragmentos de metralla.

13 ene. 2014

Inocente

Iglesia de Santo Domingo (Soria)
Fotografía de Jesús Vega Sánchez


La mujer oyó algo sobre unos mensajeros alados y se acercó al portal por curiosidad, porque iban todos. Allí, al calor de las bestias, estaban el hombre, la recién parida y el chiquillo, que lloraba con desconsuelo. Sintió lástima y, viendo que a la muchacha no le había subido la leche, se abrió la túnica y lo amamantó.

Días después la mujer está sentada en el sardinel mientras su hijo succiona, goloso, de su pecho. El soldado aparece de repente, agarra al niño del brazo y lo levanta en el aire como quien sacude una estera. Ella intenta gritar que ha cumplido dos años, que le cuente los dientecillos afilados, pero la voz se desgarra en un aullido. El relámpago de la espada la ciega un instante y la cabecita rueda por el suelo.

Ya no tiene quien alivie sus pechos y se acuerda del recién nacido, quizás los soldados no encontraron aquel portal retirado. No lo encuentra. Dicen que un mensajero los alertó y huyeron en secreto, sin compartir con nadie la noticia.

Ahora, junto al pesebre, solo es llanto. Por el hijo muerto. Por esa leche que no puede ofrecer y se le va convirtiendo en veneno.

Este micro fue uno de los cuatro ganadores del mes de diciembre pasado en Esta noche te cuento.

2 ene. 2014

Divorcio

Estaban tan unidos que parecían confundirse en un solo ser, pero la diferencia de orígenes, gustos y aficiones acabó imponiéndose: por un lado escaparon el lomo, el vientre, las cuatro patas sobre pezuñas indómitas; por el otro, el torso varonil, con su casco de bronce y su barba recortada.



Centauro de Los Rollos