3 jul. 2014

Traditores





─Maese Juan ─pregunta el poeta con su voz atiplada‒, ¿a cuál de vuestros cajistas encomendasteis las páginas de mi Cancionero?

‒A mi hijo Tomás, señor, que acabó sus estudios de bachiller y anda aprendiendo el oficio. ¿Acaso no quedasteis satisfecho?

Fingiendo concentración el joven Tomás se inclina sobre el chibalete e intenta disimular el rubor que le quema en el rostro. Él solo pretendía corregir un verso mal medido, mas no pudo evitar compadecerse de la linda muchacha que yacía en el mármol de aquel manojo de poemas. En el mismo soneto XVII le soltó el cabello dorado, que se esparció fundiendo la nieve de su rostro; en el XXV, mudó la sonrisa de ángel por una risa pícara, llena de cascabeles; y en el XLII, cuando al fin se atrevió a besarla, arrancó de sus labios un suspiro que aún resuena entre aliteraciones.

‒Bien al contrario, señor maese, bien al contrario. ─El poeta carraspea, coloca un nuevo manuscrito sobre el mostrador y añade, casi en sordina‒: Quisiera que fuese él, y ningún otro, quien componga esta segunda parte de mi obra.

6 comentarios:

  1. Ay, los traductores... por el camino de la amargura.
    Me gusta mucho, Elisa, vaya morro el poeta ;-)
    Besos

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  2. Me recordó a un amigo editor quien corregía a los clásicos. Y los mejoraba.

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    Respuestas
    1. Esa era la idea, me alegra saber que ocurrió en realidad :-).

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