31 jul. 2012

Paraíso de amor


Henry Edmon Delacroix Cross, El naufragio



Mr. Smith alcanza la playa. Con sus últimas fuerzas carga el cuerpo desmayado de Amanda, la bella vocalista de la orquesta, hasta depositarlo bajo los cocoteros. La isla los recibe umbría, fértil, preñada de aventuras, y Mr. Smith empieza a dar por bien empleados los gastos del crucero, capricho de su esposa que terminó en desastrado naufragio. De repente su flamante dicha se empaña: en dirección a la playa y sobre un colchón hinchable, el orondo cuerpo de Mrs. Smith se perfila en el horizonte.

Haciendo visera con su mano derecha Mr. Smith ve cómo, tras el colchón, aparece el fornido monitor de gimnasia acuática, quien ayuda a Mrs. Smith a incorporarse y la guía, entre arrumacos, hacia el bosquete de cocoteros.

Mr. Smith se debate entre la incredulidad y unos tibios celos hasta que el despertar de Amanda lo devuelve a la felicidad. Felicidad que durará el tiempo que tarde en advertir la emoción que chispea en los ojos de la joven y en los de su mujer al descubrirse de nuevo juntas, sanas y salvas.

25 jul. 2012

Emboscada

Jim Dine

Nunca debí abismarme en aquellos ojos negros. Los párpados cayeron de improviso y no contemplo el mundo más que a través de los barrotes curvos que forman las pestañas.


19 jul. 2012

Rescatados

Salvador Dalí, Venus y marinero

Para el marinero de primera Patrick O’Connor lo peor no es el roce áspero del calzón de lino en las caderas, ni las ampollas de los zapatones de cuero en sus pies hechos a la libertad, ni siquiera tener que conformarse con contemplar de lejos a su Janet, la melena salvaje sometida por las tenacillas y la tibia cintura aprisionada por un corsé implacable. Lo peor es oírla vomitar por la borda, a escondidas, y adivinar el motivo que la lleva a azuzar con urgencia los avances amorosos del capitán Longfellow, ese petulante caballero que la conoce tan solo como Lady Jane.

14 jul. 2012

Reputación


Arpad Szenes, El archipiélago

Toda isla desierta acoge con alborozo las huellas del primer náufrago que arriba a sus playas. Y las del segundo. Incluso las del tercero. A partir de ahí despertará el recelo de sus congéneres y, si el número se aproximara a la docena, será condenada al ostracismo por accesible y casquivana.