28 feb. 2012

Caprichos

Eduardo Laplante, Santiago de Cuba (1856)

Unos dijeron que era la alegría del cincuentón por haber conquistado a la más bella damita de todo el oriente; otros, que pretendía hacerse perdonar los remotos orígenes de la niña Gloria, que se traslucían en el canela claro de la piel y en los salvajes rizos negros; los más, que quería dejar claro quién era el más rico hacendado de la zona. El caso fue que Fabricio Curet hizo traer para su boda la última novedad de París, un globo aerostático desde el cual los invitados podrían admirar los cafetales que cimentaban su fortuna. Pero los pulsos de la novia se alteraron cuando Fabricito, el sobrino del patrón, recién llegado de Francia, se inclinó a besarle la mano. El mismo día de la ceremonia, de madrugada, la niña Gloria burló la vigilancia de su madre para encontrase con él en la barquilla del globo. Cuentan que no encendieron el horno, que el solo ardor de los jóvenes amantes elevó la temperatura del gas y que ascendieron a una altura tal que ni las águilas lograron ver hacia dónde los arrastraban los vientos.

15 feb. 2012

Naufragio

Collage de Carmen Rapallo

—Este gordo ocupa demasiado sitio —insinuó el de la cicatriz en la mejilla—, en su lugar cabrían siete de los nuestros. El capitán, garfio en ristre, arrojaba por la borda a cuantos pretendían desbancarme. —Son jóvenes y fuertes —me explicó caballerosamente—, tienen más posibilidades de llegar a nado. No tardaron en ser pasto de los tiburones. Los ocupantes del bote, por el contrario, alcanzamos la isla sanos y salvos. Ahora el capitán acaba de enviar a sus hombres por leña. —Para la cena —ha dicho guiñándonos un ojo. Sin duda es hombre de recursos; aún así, no logro imaginar qué es lo que piensa darnos de comer.

5 feb. 2012

Viendo pasar

Salvador Dalí, Muchacha en la ventana

Era uno de los pocos cuadros que mi abuela había terminado: tenía poco tiempo y al abuelo le fastidiaba aquella afición suya de señorita burguesa. Su hija mayor, casi una niña, aparecía de espaldas, con el pelo recogido en un moño bajo y la falda a la rodilla. La silueta frágil se apoyaba en el quicio de una ventana abierta de par en par al paseo marítimo, la isla con el castillo al fondo.

La abuela lo pintaba a poquitos —la enfermedad no le permitía grandes esfuerzos—, y consiguió acabarlo unos días antes de morir. Es tuyo, mi niña, para que nunca olvides que hay un mundo más allá de esta casa, le dijo.

Tía Mercedes tuvo que romper con un novio para afrontar sus responsabilidades recién adquiridas. Se convirtió en madre de seis huérfanos, administradora del hogar y, más tarde, enfermera del abuelo. Tras la muerte de este mantuvo la casa abierta a hermanos y sobrinos que siempre encontrábamos un plato en la mesa, unos oídos dispuestos a escucharnos, un dulce o un bizcocho guardado en la caja de lata.

Yo creo que, a su manera, era feliz; pero el día que me contó la historia del retrato, después de señalar la precisión del dibujo, la delicadeza de la pincelada y la armonía de los colores, no pudo evitar añadir en susurro: ¡Ojalá madre me hubiera pintado una puerta!