29 abr. 2011

Costumbres

La mano derecha de mi madre, de El secretario

Tras los pasos menudos que atraviesan la puerta, un familiar “Mamá, tengo miedo” penetra en sus sueños y la impulsa a hacerse a un lado. El niño, acurrucado a su costado, acompasa pronto su respiración mientras ella, con el temor de aplastar el cuerpecillo frágil, cae en un sopor inquieto que desemboca en un sobresalto. Tantea. No hay rastro del hijo en esa cama metálica y ajena. Alarga una mano que el interruptor no acoge en el sitio acostumbrado: ese lugar preciso donde ella lo busca, a tientas, desde hace más de quince años.

Publicado en El microrrelatista



Este relato hace el número 100, entre micros e hiperbreves, de los publicados en el blog (entradas son algunas menos). Si me hubieran dicho hace un par de años que llegaría a escribir esa cantidad no me lo habría creído. Como dijo una vez Gabriel, el microrrelatista siempre teme que el texto que acaba de escribir sea el último, aunque con el tiempo se empieza a confiar un poco más en la esquiva musa. Un agradecido saludo a todos los que habéis tenido la paciencia de leerme, de forma más o menos asidua.

25 abr. 2011

Aguedilla

El Lazarillo y el toro de piedra, de  Antonio Ortega Moreno
Ilustración procecente del banco de imágenes y sonidos del ITE.


No os enfadéis, madre, que ni perdí el dinero, ni me lo robaron en un descuido. Fue que los huevos no llegaron al mercado. Cuando salí esta mañana me esperaban, para burlarme, Roque, Minguillo y Juanón, el manco. Me seguían llamándome cigüeña, porque dicen que tengo las piernas largas y flacas, ¡como si ellos las hubiesen visto! Hoy no estaba con ellos Lázaro, el de Antona, que sabe pararles los pies, así que dieron en arrojarme unos tronchos de berzas podridos y otros desperdicios que escondían bajo el jubón. Tanto me atolondré que, al atravesar el postigo, tropecé y vinimos los huevos y yo a dar en el suelo. No salvé ninguno, madre, los que quedaron enteros se los repartieron los tres arrapiezos y los bebieron entre risotadas.

Madre, no me riñáis, que si me entretuve fue por buscar a Lázaro. Nadie me daba razón de él, hasta que la Antona me dijo que se marchaba de Salamanca con el ciego al que lo ha encomendado. Me llegué hasta la puente, y, cuando acerté a verlos, arrimaba Lázaro el oído al toro de piedra, encandilado como si escuchase música celestial, y el viejo aprovechó su descuido para estrellarle la cabeza contra la figura. A mí, aun desde tan lejos, pareciome oír la calabazada. Qué va a ser de Lázaro, madre, que lo vi llorar, aunque aquella vez que, a orillas del Tormes, se hizo la rajadura con el filo de un canto ni siquiera se quejó; y quién me defenderá ahora de las chanzas de los mozuelos.

Yo pondré más empeño en los mandados, pero no dejéis que me lleve esa vieja que anda buscando criada, que cuentan que la emplumaron por bruja, y que cose virgos y tiene tratos con el diablo. Yo no quiero perder la honra, madre, sino esperar que vuelva Lázaro, que, despabilado como es, sabrá mejorar su suerte y conseguir un oficio. Él siempre decía que, con la ayuda de Dios, el día de mañana llegaría a ser pregonero, y entonces se casaría conmigo.

Este es el tercero y último de los relatos publicados en Miradas y letras II. En este caso he tomado elementos de una versión anterior que había tenido que suprimir por mor de las bases de la convocatoria. Sé que la norma es cortar en vez de alargar, pero no he podido resistir la tentación de añadir alguna cosita.

21 abr. 2011

Rodrigo

Leyendo, de Antonio Álvarez Gordillo



Madre, dice Miguel que, si no lo dejo leer tranquilo, a la noche vendrá el gigante Caraculiambro y me llevará con él a su ínsula de Malindrania.

—¿Y se puede saber que más te ha contado ese zascandil?

—Pues que a padre le embargaron y lo metieron en la cárcel porque un mago llamado Freston le tiene ojeriza y le ahuyenta la clientela, que por eso tuvimos que marcharnos de Valladolid. Y que él de mayor no quiere ser cirujano barbero, como padre, sino soldado, que la gloria no se consigue enderezando huesos ni poniendo cataplasmas. Y que no sabe si se enrolará en una armada para luchar contra el Gran Turco o se unirá  al ejército de Pentapolín, el rey de los Garamantas  Y que no tiene miedo de que lo hagan prisionero, porque ya discurrirá él mil ardides para liberarse.

—¡¿Qué voy a hacer con este hijo, Dios mío?!  ¡Miguel! ¿Qué sabrás tú de gloria? ¡Suelta los libros y deja de  asustar a tu hermano! Que con tantos Amadises y Palmerines se te va a terminar secando el cerebro. ¡Como si no tuviésemos ya bastantes calamidades en esta casa!


Este  micro, junto con La regañina (allí titulado Beatriz) y Aguedilla, ha aparecido publicado en Miradas y letras II, libro que contiene una selección de las fotografías y los relatos presentados al concurso que convocó en 2110 la Fundación Camino de la Lengua Castellana.

17 abr. 2011

La regañina

Retrato de tres niños, de Sofonisba Anguisciola

"De que vi que era imposible ir a donde me matasen por Dios, ordenábamos ser ermitaños; y en una huerta que había en casa procurábamos, como podíamos, hacer ermitas, poniendo unas pedrecillas que luego se nos caían, y así no hallábamos remedio en nada para nuestro deseo".

Teresa de Jesús, El libro de la vida.


El sol poniente dora la piedra del cercano hospital de Santa Escolástica cuando la criada, bien avisada, siente los tres golpes, amortiguados por un grueso paño interpuesto entre la aldaba de bronce y la puerta. De puntillas atraviesa el patio y vuelve llevando a la niña de la mano; pero esta tarde sus esfuerzos resultan baldíos, doña María las ha oído desde su aposento, interrumpe el rezo del rosario y reclama a la hija.

—Beatriz, ¿cómo vienes con el tacón del chapín roto y la saya desgarrada? ¿Y esas trenzas deshechas? Enséñame las manos.

Dos manos de uñas rotas, aún con trazas de tierra, salen de detrás de la amplia falda y se muestran, temblorosas y paralelas.

— ¿Otra vez haciendo de albañiles? ¿De dónde sacáis esas ideas de levantar ermitas en el jardín? Seguro que la vecinita no se mancha las manos de barro, que ella se reserva el papel de alarife. No sé qué tendrá esa muchacha para sorberos así el seso. Su madre no gana para disgustos, pobrecilla, casi se muere el día en que se le escapó con Rodrigo.  ¡A tierra de moros! Y es que tiene a los hermanos dominados, que no ven más que por sus ojos. Menuda marimandona está hecha. Te digo, Beatriz, que Teresita, con ese carácter que tiene,  no va a encontrar un hombre que se atreva a pedirla en matrimonio. Y tú, como sigas detrás de ella como cordero tras pastor, vas a quedarte también para vestir santos.


10 abr. 2011

Inexorable

Fotografía de Denis Cintra





La bailarina danza sobre la red. Avanza en puntas, salta sobre un pie, se inclina y se endereza, sonríe, hace aletear sus brazos, los arquea, eleva una pierna en ángulo, la flexiona, gira y gira. Los elásticos hilos de seda van envolviendo su cuerpo grácil en una imperceptible prisión que la ciñe cada vez más estrechamente. Entre bambalinas, la araña gris del tiempo segrega sus jugos.

Publicado en El microrrelatista.



5 abr. 2011

Sombras en 140

Fotografía sin título de Tomás Rotger




Recursos

El hombre inseguro tomaba sus decisiones a mediodía, así minimizaba la sombra de sus dudas.


*** 

Consulta de estética vital

Se borran remordimientos, se maquillan culpas, se difuminan sombras de crímenes.

***
Despecho

Cuando me cruzo con él, desvío la mirada. Mi sombra, más sincera, se alarga para besar sus huellas.

***

Envidia

El enano sale a pasear a la caída del sol para burlarse del gigante oscuro y afilado que siempre lo acompaña.



Llevaba algunas semanas sin participar en el 140. El tema de la sombra es tan sugerente que no he podido evitar picar de nuevo. El primer hiperbreve,  Recursos, es el que ha obtenido los favores del señor Montero; mi preferido creo que es el cuarto, Envidia.

4 abr. 2011

Relatos en cajas


El juego de los relatos en cajas parte de una propuesta de Antonio Nogueras a la que nos hemos apuntado doce microrrelatistas. A través de este enlace podéis descargaros los trece textos escritos para la ocasión, aunque no todo es tan fácil como pudiera parecer. Cada microrrelato se encuentra incluido en un archivo comprimido, que a su vez se incluye en otro y así sucesivamente, a la manera de las cajas chinas o las muñecas rusas. Para descomprimir los distintos archivos necesitaréis una clave que tendréis que descubrir por vosotros mismos con la ayuda del manual de instrucciones que se os proporciona. Quien tenga la capacidad y, sobre todo, la paciencia, de llegar hasta el final recibirá un par de regalitos extra de parte de Antonio.

Esta es la lista de participantes en el invento, os animo a desplegar el mapa y a iniciar la búsqueda de los tesoros.