28 ene. 2011

El gigante tragón

El pasado 26 de enero debuté, gracias a la invitación de Torcuato, en El microrrelatista, un blog que es escaparate del trabajo de muchos cuentistas y gozoso punto de encuentro para todos sus colaboradores. Después de muchas vueltas decidí a publicar un cuento para niños que me ha ilustrado mi sobrina Carmen Rapallo, toda una artista de 6 años. Dejo aquí el enlace a una versión en pdf no para leer, sino para descargar, pues está preparada para ser imprimida por las dos caras de un folio; tras la impresión, doblando el folio por la mitad, se obtiene un librito que podéis regalar a hijos, sobrinos, nietos o hermanos pequeños. Espero que les guste (a los niños) porque tanto Carmen como yo lo hemos hecho con mucha ilusión.

Aprovecho para informar a quienes todavía no lo sepan que Torcuato ha convocado el I concurso de microrrelatos El microrrelatista 2011, consultad las bases y animaos a participar.

El gigante tragón

24 ene. 2011

Variaciones sobre unas gominolas

Isa en el país de las gominolas, fotografía de PoweredbyLarios

La miel en los labios I


Durante dos horas las sonrisas —dulces, pícaras o melancólicas— han ido alternándose en su rostro. Mientras tanto, las luces de los focos la acariciaban y el objetivo de mi cámara recién estrenada le lamía los muslos, las caderas, los pechos pequeños. Le hice sustituir los vaqueros ceñidos por una mínima camisola de seda y al fin, entre risas, sembramos de gominolas su cuerpo desnudo. Esas gominolas que, terminada la sesión fotográfica, empezaba a retirar con mis labios una a una cuando oímos el giro de la llave en la cerradura. ¡Hostias, mis padres!, farfulla entre dientes. Una granizada de colores rebota en el parquet del salón.

La miel en los labios II

Dedicado a Cienfuegos, con mi agradecimiento por sus sugerencias.

Acepté posar para él sin reticencias. Era el tipo de hombre que inspira confianza, el camarada al que se cuentan desamores, tiñendo de frivolidad la amargura. Tendrá que ser en tu casa, me dijo, mi estudio está manga por hombro

Ahora lo observo colocar las fotos, meticuloso, y disfruto de la luz cálida que me envuelve mientras él empieza a manipular la cámara. Se concentra, la punta de la lengua sobresale de sus labios bien dibujados, como la un chiquillo que se enfrentara a una página de multiplicaciones. Sus manos, de dedos largos y finos, hacen crecer o disminuir el objetivo con movimientos precisos. Soy yo la que le propone sustituir los vaqueros por el vestido escotado; él el que descubre los caramelos sobre la repisa, me arranca el vestido y, entre risas, los derrama sobre mi cuerpo desnudo. Inmóvil e impaciente, oigo un clic, y otro, y otro, hasta que deja al fin la cámara a un lado para acercar la boca hasta mi cuello. Y, justo cuando sus dientes retiran el primer caramelo, oímos girar la llave en la cerradura y un Mami, hoy no hay clase de karate resuena en el salón. La lluvia de colores salpica la alfombra. Desde la puerta, Jaime nos mira de hito en hito antes de lanzar un grito desconsolado: Pero, ¿qué estáis haciendo con mis gominolas?

18 ene. 2011

Vigilias


De nuevo suena  la carraca. Es una carraca de madera, pintada de amarillo, el único juguete que consiguió despertar la atención del niño:  la hacía girar con torpeza y, al oír el tableteo, abría la boca con su sonrisa llena de babas.  Cuando ya ni de agarrarla era capaz, sólo se dormía si se la tocaba muy despacio, como en sordina.  Víctor odiaba aquel sonido enervante y monótono y se acostaba con tapones en los oídos. Yo pasaba las noches en blanco, junto a la cuna grande con los barrotes rodeados por la gruesa chichonera; solo dormía de día, cuando llegaba la cuidadora.  Desde que el niño ya no está, es Víctor el que se levanta de noche y le da vueltas a la carraca hasta que me despierta el trac-trac enloquecido, se la quito de las manos, lo acuno entre mis brazos y seco sus lágrimas con besos.

7 ene. 2011

La semilla

The sun rises, de Ana Aydillo


Era su única dote. Cuentan que la traía en una caja de cedro, que la sembró la noche misma de la boda y que, a falta de agua, la regaba con su propia sangre. Se convirtió en árbol con desconocida rapidez, por primavera se cubrió de pequeñas flores aromáticas y al llegar el verano estallaron los frutos: rojos, azucarados, tentadores. ¡En esta tierra desolada! Sin duda era obra del maligno, hubo que ordenar a los fieles que lo descuajaran. No somos responsables de que, en su celo purificador, apedrearan a la extranjera. Perdió un ojo, por eso oculta su rostro con un velo, y en su tienda, de noche, dejaron de oírse risas. Entonces decretamos que las mujeres honradas no pueden plantar árboles. Sólo por evitar nuevas desgracias.

Esta es una versión remozada del relato que participó, sin éxito, en la última convocatoria de ReC. Encontrar en el blog de mi compañera Ana Aydillo este hermoso cuadro me ha animado revisarlo y publicarlo.

6 ene. 2011

5 ene. 2011

Persecución


Parecía increíble que la figura regordeta de Sor Consuelo, sostenida por las cortas piernas escondidas tras la amplitud del hábito negro, pudiera desplazarse con aquella rapidez que la hacía parecer un ángel dotado del don de la ubicuidad. Don Roberto, no guarde las naranjas en el cajón, si nunca le va a faltar comidaAy, don Roberto, traiga para acá, volvió a comprar jamón, si sabe que le hace mal. ¡Otra vez fumando, don Roberto, apague, por favor, el cigarrillo! Don Roberto, ¿no viene a misa? Lo peor fue lo de Bermúdez. La alegría de ver aparecer en la residencia a mi antiguo compañero de sindicato y de poder compartir con él la habitación se me apagó en tres semanas. Qué fue lo que hizo esa mujer con Bermúdez para convertirlo en su aliado sólo su Dios y ella lo saben. Empezó confesando y comulgando, después se inscribió en el coro de la capilla y enseguida se dedicó a hacer desaparecer mis paquetes de tabaco y a controlar mi salud y mi dieta con una tenacidad digna de la propia sor Consuelo.

Esta mañana murió Bermúdez. Con el ajetreo he conseguido cruzar hasta la tienda de la esquina y camuflar una botella de güisqui entre las hojas del periódico. Me lo estoy bebiendo en su honor, por los lejanos tiempos en los que compartimos huelgas, mujeres y retórica revolucionaria. Y no vaya a pensar, Sor Consuelo, que no me he dado cuenta de que se ha colado por debajo de la puerta y de que me está observando inmóvil desde la esquina. Pero de nada le ha servido esta vez su agilidad, porque, sólo con un pulgar, la he despanzurrado antes de que haya conseguido recuperar su tamaño. Por una vez le he ganado la partida a los milagros.

Este micro fue uno de los ganadores en el concurso mensual de Las historias de julio de 2009. Hace tiempo lo publiqué en mi blog educativo, pero me gusta que quede también aquí, recogido con el resto de sus hermanos.